PadreBoisdronEl sábado pasado, 16 de octubre, se han cumplido cuarenta y siete años del fallecimiento de uno de los más preclaros religiosos que ha conocido esta ciudad de San Miguel de Tucumán: el dominico Ángel María Boisdron.*

Indudablemente, el P. Boisdron merece un puesto de honor en la historia dominicana de Tucumán, al lado de frailes de la talla del ilustre Fray José Joaquín Pacheco, fundador de este convento y del Colegio de Misioneros de Lules; de Fray Ramón del Sueldo, distinguido profesor en Córdoba y en su Tucumán natal, Superior del convento en los históricos momentos de la batalla del Campo de las Carreras, y a quien cabe el mérito de haber escrito, en carta al Provincial Fray Julián Perdriel, la primera crónica de aquella trascendental victoria de Belgrano; de Fray José Manuel Pérez, eminente maestro y guía espiritual de varias generaciones tucumanas, dos veces Provincial de los dominicos argentinos, diputado a la Legislatura y representante de Tucumán, con otro ilustre varón, el Dr. Salustiano Zavalía, en la Convención Nacional de Santa Fe, en 1852-53; y otros personajes de relieve que mantuvieron en alto las banderas de Santo Domingo en esta hermosa tierra, jardín de la República y cuna de su independencia.

No todos los que hemos nombrado fueron tucumanos. Pacheco había nacido en Colonia, hoy República Oriental del Uruguay; del Sueldo y Pérez, en cambio, eran oriundos de esta ciudad. El P. Boisdron no sólo no había nacido en esta porción de la patria, ni siquiera en otra provincia argentina o en un país aledaño, sino en la lejana Europa: era francés.

* Conferencia dictada en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, el 18 de octubre de 1971, en ocasión del 47. aniversario de la muerte del P. Boisdron (1845 -1924). Fue publicada en 1974, al cumplirse el cincuentenario de dicho acontecimiento.

Entre los ilustres hijos de Francia que en la segunda mitad del siglo pasado se afincaron en Tucumán o pasaron en esta ciudad varios o muchos años contribuyendo con su enseñanza o su acción, al progreso de su cultura, como Amadeo Jacques, Pablo Groussac, Alfredo Cosson, Víctor Bruland y otros, el dominico Boisdron se destaca no sólo por el tiempo que permaneció aquí, sino también por las calidades de su espíritu y la fecundidad de su obra.

El 10 de enero de 1845 nació en Montmoreau, distrito de Barbezieux, provincia de Charente, Francia, aquel niño llamado a un destino nada común.

La provincia de Charente, cuya capital es Agulema, está situada en el oeste o más bien en el sudoeste del territorio galo, y corresponde a una parte del antiguo territorio de Aquitania. La suavidad de su clima y el verdor de sus valles y praderas son sus características. Región esencialmente agrícola, tiene abundancia de viñedos y en ella se encuentra la ciudad de Cognac, que ha dado su nombre a un famoso aguardiente que se obtiene por destilación del vino.

Estación de ferrocarril de París a Burdeos, la antigua población de Montmoreau, que también da su nombre a un cantón del distrito de Barbezieux, posee una bella iglesia del siglo vii y un castillo en ruinas, cuya capilla del siglo xi, con frescos del xii, aún subsiste.


No obstante haber transcurrido ya cuarenta y siete años de su deceso, el Padre Boisdron carece hasta hoy de una biografía acorde a sus méritos. Lo que se ha escrito sobre su vida y sus realizaciones son breves y muy incompletas reseñas, publicadas ocasionalmente, como al cumplir sus Bodas de Oro sacerdotales, en 1919, o con motivo de su deceso, ocurrido en 1924.

Pero por otra parte, está lejos de ser un personaje completamente desconocido u olvidado, a quien es necesario exhumar del polvo de los archivos. Por el contrario, su luminoso recuerdo y muchas de sus obras perviven todavía, desafiando al tiempo, este tiempo nuestro, semejante a un torbellino, que sepulta tantos valores en el olvido.

De más está decir que en esta ocasión no intentaremos una presentación completa de su vida, su personalidad y su acción, de sus virtudes, sus calidades de hombre de estudio, sus dotes de catedrático, de predicador o de conferencista, sus condiciones de prelado o de hombre de empresa en el terreno del espíritu, y de todas las realizaciones que llevó a cabo durante su prolongada y fecunda existencia. Pero, al conmemorar el 47° aniversario de su muerte, vamos a realizar el intento de evocar su figura augusta y señera, en la medida que nos sea posible.

En Montmoreau, su pueblo natal, realizó sus estudios primarios. Para los secundarios fue enviado al Petit Seminaire de la ciudad de Cognac, situada en la misma provincia de Charente, según ya expresamos. Estando ya para terminar sus estudios humanísticos, un retiro espiritual dirigido por el dominico Mateo Lecomte, decidió al joven seminarista Boisdron a ingresar en la Orden dominicana.

El padre Lecomte años después fundaba en Jerusalén, el convento de San Esteban, en el antiguo santuario del protomártir del cristianismo. Los dominicos franceses, bajo la dirección del renombrado escriturista Fr. José María Lagrange, establecieron allí en 1890, la Escuela Bíblica de San Esteban, que hasta el día de hoy es uno de los centros de estudio bíblicos de mayor jerarquía que existen en el mundo.

Contando ya 17 años de edad, ingresó en el noviciado del convento de Lyon, en donde vistió el hábito el 13 de mayo de 1862. Bajo la dirección de religiosos que habían sido compañeros o discípulos del P. Enrique Domingo Lacordaire, restaurador de la Orden Dominicana en Francia y uno de los más afamados oradores sagrados del siglo xix, plasmó su espíritu en una austera vida religiosa, en el amor al estudio y en la fe apostólica que lo caracterizaba.

El 23 de mayo de 1863 emitía sus primeros votos religiosos y pasaba a la casa de estudios de Carpentras, cerca de Aviñón, en donde cursó la filosofía y la teología que correspondía a su carrera. Entre sus profesores y condiscípulos los hubo muy distinguidos como los Padres Vicente de Pascal, filósofo y teólogo, aunque más renombrado aún como sociólogo y economista; Reginaldo Genier, muy conocido por sus estudios históricos, Ambrosio Potton D'Alensie, Pallu de la Darrière y otros.


Al finalizar el sexto año de su carrera eclesiástica, fue enviado al convento de Aviñón, residencia de los Papas en el siglo xiv para recibir la ordenación sacerdotal, ceremonia que se realizó en la catedral, el 22 de mayo de 1869, y celebró su primera Misa en la Basílica del Rosario, el día 24.

De Lyon volvió a Carpentras para cursar el último año de sus estudios, y graduarse en Lector o sea de profesor de filosofía y teología.

Al terminar su carrera, a mediados de 1870, fue enviado a Poitiers, a fin de que se ejercitara en la predicación, para la que manifestaba notables condiciones, y dos años más tarde, volvía a Carpentras para iniciarse en la enseñanza superior como profesor de filosofía e historia eclesiástica.

Durante su estancia en esta ciudad ocurrió un suceso que cambiaría no digamos tanto como el rumbo de su existencia, pero sí, lo sacaría de su tierra natal para trasladarlo a una región del orbe lejana y desconocida para él, en donde desarrollaría sus actividades durante el resto de su vida.

Era Subprior del convento de Carpentras el P. Luis María Pierson, que años antes, en 1860 y 1861, por comisión del Maestro General de la Orden, Fray Alejandro Vicente Jandel, había desempeñado el cargo de Visitador en la República Argentina y otros países de América del Sur.

Un buen día del año 1874, un dominico argentino que realizaba un viaje por Europa, al enterarse que el P. Pierson, a quien había conocido en Córdoba y mucho apreciaba, residía en Carpentras, decidió llegar hasta allí para presentarle sus saludos.

Aquel religioso, nacido en Tucumán y formado en Córdoba, se llamaba Fray Reginaldo Toro, había sido uno de los puntales de la reforma iniciada por Fray Olegario Correa en Córdoba, Prior del convento de la docta ciudad y estaba llamado a grandes destinos. Poco después sería dos veces Provincial, fundador de una congregación religiosa de mujeres y, finalmente, obispo de Córdoba.

En el convento de Carpentras conoció al P. Boisdron, que frisaba en los veintinueve años de edad, y quedó tan prendado de sus cualidades, que no cejó hasta convencerlo que debía venir a nuestra patria, en donde se necesitaban hombres como él.

Al año siguiente, determinado ya a venir a la Argentina, solicitó el permiso correspondiente y, en febrero de 1876, desembarcaba en Buenos Aires.

Apenas había cumplido treinta y un años de edad, pero su formación religiosa y su preparación científica eran muy sólidas. Además de haberse distinguido en sus estudios de carrera, había alternado con eminentes figuras de la Orden, como los Padres Monsabré, Didón Maynard, Danzas, Potton D'Alensie, Berthier, etc.

Entonces desde su llegada a Buenos Aires comenzó a enseñar teología. Un tiempo después el Provincial, Fray Reginaldo González, le proponía venir a Tucumán formando parte del equipo que encabezaba el P. Pío Canto, encargado de restablecer en el convento tucumano, la vida de observancia que había iniciado en Córdoba en 1857 el P. Olegario Correa, y poco a poco fueron adoptando los restantes conventos del país. No cabía duda de que el francés recién llegado era un buen elemento para tal finalidad, como el tiempo se encargará de confirmarlo. Con todo, es de suponer que el Provincial no imaginó el brillante destino que le estaba reservado: superaría con creces las esperanzas puestas en él.


unstaEn una autobiografía escrita en 1910, el mismo Padre Boisdron narra con pormenores su viaje a Tucumán, que podernos sintetizar en pocas palabras.

El 16 de agosto partía de Buenos Aires con los padres Juan Caviglia, Manuel Eyrea y Cornelio Echave y el hermano cooperador Miguel Iribarren. Dos días después llegaban a Córdoba, en donde permanecieron una semana. Como el ferrocarril de Córdoba a Tucumán estaba habilitado sólo hasta Monteagudo, llamado entonces Telfener, de allí debieron pasar a un tren de carga que los condujo hasta Simoca, en donde los esperaba el Prior tucumano, Fray Jordán Zelaya. Llegaron a la ciudad de Tucumán el día 28 "en las primeras horas de la noche". Exactamente un mes después, el 28 de setiembre, llegaba a Tucumán la primera locomotora y el 31 de octubre se efectuaba la ceremonia inaugural del ferrocarril, con la presencia del presidente Nicolás Avellaneda.

El Provincial González había arribado en julio, en compañía del Padre Pío Canto, a quien instituía Prior el 15 de setiembre, con lo que quedaba establecido un nuevo sistema de vida en el convento tucumano.

Sin duda alguna, en cualquier ciudad de la República el P. Boisdron habría desarrollado una actividad sobresaliente. Pero cupo a Tucumán la fortuna de ser la predestinada, la beneficiaria directa y principal de su personalidad eximia, del sacerdote y religioso ejemplar, del hombre de estudio y, al mismo tiempo, de actividad múltiple. Puede decirse que fue un predestinado a consustanciarse con Tucumán. Se ausentaría de ella en más de una ocasión, por elevadas exigencias, pero regresaría siempre, hasta dejar su vida en ella.

Apenas llegado, se dedica a la predicación, que le cuesta muchos esfuerzos porque aún no domina el español. Piensa sus sermones en francés, los redacta en latín y los hace traducir al castellano. No llegará a dominar el español como Groussac y nunca perderá del todo un dejo a su acento nativo; pero, con el tiempo, logrará poseerlo más que suficientemente como para ocupar con honor los más encumbrados púlpitos de la República.

A pocos meses de su llegada, ocurre en nuestra ciudad un hecho a raíz del cual emerge su figura, acaso por primera vez, en el horizonte tucumano. Vamos a referirnos a él de la manera más breve posible.

A principios de 1877, Benjamín Posse, periodista de pluma fácil e incisiva y, por otra parte, bastante descreído, había sido incorporado como profesor de filosofía en el Colegio Nacional, cuyo rector era don José Posse.

Poco tardó en suscitarse un comentario sobre las doctrinas que aceptaba o sugería el nuevo profesor, tildándoselas de contradictorias y hasta ofensivas para el catolicismo. Se llegó también a atribuirle el elogio de las Memorias de Judas, que el barón Petruccelli della Gattina acababa de publicar en París, en las que atacando la divinidad de Jesucristo, lo presentaba muriendo tísico en Roma.

El comentario favorable a la antojadiza afirmación del escritor italiano, que se atribuía al profesor Posse, conmovió las conciencias y llegó a conocimiento del P. Boisdron, quien en esos días hacía la predicación de Semana Santa". En uno de esos sermones trató el tema de la divinidad de Jesús y atacó duramente la teoría racionalista del napolitano.

El señor Posse se creyó aludido y publicó en La Razón del 13 de abril un suelto en el que desmentía las versiones circulantes, al tiempo que abundaba en expresiones insultantes contra el fraile "cuyo nombre ignoro", y en el que negaba la competencia de los sacerdotes para enseñar filosofía e historia en los colegios nacionales.

El P. Boisdron respondió el 20, dando a conocer su nombre y condición de dominico francés y respondiendo con altura a las bajezas espetadas por Posse. La polémica fue cayendo en el terreno personal, a causa de la agresividad de su contrincante. El último artículo, que fue del padre Boisdron, apareció el 2 de mayo.


Este incidente tuvo eco no sólo en Tucumán, sino también en otras ciudades argentinas, como Buenos Aires y Córdoba. La América del Sud, que redactaba en la capital del Plata Félix Frías, reprodujo los artículos de Boisdron y El Eco de Córdoba, dirigido por Ignacio Vélez y que era el periódico más importante del interior del país, publicó no sólo los artículos, sino también comentarios y correspondencia relativos a los mismos, lo que hizo que Córdoba viviera hasta cierto punto la polémica que tenía lugar en Tucumán.

Llega noviembre de aquel año de 1877 y es elevado al provincialato Fray Reginaldo Toro, aquel tucumano que había determinado al P. Boisdron a venir a nuestra patria. En 1881 será elegido nuevamente Provincial y el Capítulo de ese año, según consta en sus actas, pide que el P. Ángel Boisdron, hijo de la Provincia de Lyon, pase a la Provincia argentina "con transfiliación perpetua, como él lo desea y nosotros también". Toro y Boisdron tienen cierto paralelismo: los dos fueron hombres de gran virtud, provinciales durante dos períodos y ambos fundaron congregaciones de religiosas.

Probablemente fue a principios de 1878 cuando el P. Boisdron reabrió la antigua escuela de Santo Domingo a la que concurrieron numerosos niños de la sociedad tucumana, algunos de los cuales, como Ernesto Padilla, Vicente Gallo, Miguel Padilla, Luis Sobrecasas, etc. estaban destinados a un brillante porvenir tanto en la provincia como en el ámbito nacional. Al mismo tiempo mantiene un activo ministerio en el confesionario y en la predicación. De aquellos años nos han quedado los textos de dos oraciones fúnebres: las que pronunció en Santo Domingo el 26 de junio de 1882, en las exequias del Dr. Ezequiel Colombres, y en la iglesia matriz, hoy catedral, el 21 de agosto de 1883, en las del Obispo auxiliar de Salta, el ilustre tucumano Dr. Miguel Moisés Aráoz. También ha llegado hasta nosotros el texto del sermón predicado en Santo Domingo con motivo de la primera Misa del Pbro. Bernabé Piedrabuena, más tarde obispo de Catamarca y Tucumán.

Durante los siete años y medio que corren entre enero de 1883 y agosto de 1890 ejerce el cargo de Prior del convento. Para enumerar brevemente sus realizaciones durante estos casi tres períodos consecutivos en que ejerció el priorato, vamos a seguir al P. Jacinto Carrasco en el Album del Centenario (1916).

Solemne inauguración del actual templo, cuya crónica detallada publicó "El Orden", en octubre de 1884. Fundación del Asilo de Huérfanas, en unión con la Madre Elmina Paz de Gallo. Fundación de las Hermanas Terceras Dominicas, cuya primera Superiora fue la misma venerable Madre. Fundación de la Sociedad "Hijas de María". Fundación de la Sociedad "Rosario Perpetuo". Fundación del primer periódico dominicano de Tucumán, la Hoja del Rosario, que redactó y dirigió por mucho tiempo. Fundación de la Milicia Angélica. Fundación de la Cofradía de San José y de la Buena Muerte. Fundó y dirigió el primer postulantado que hubo en el convento. Reabrió la vieja escuela del P. Pérez.

Obras materiales: terminó de edificar el cuadrado actual del convento. Colocó e inauguró los cuatro altares del crucero. Construyó el noviciado (actual Colegio Santo Domingo). Comenzó la reconstrucción del convento y capilla de Lules, que terminó el Prior siguiente, Fray Miguel Roldán. Comenzó la hermosa sillería del coro bajo".

Durante el cólera que azotó la ciudad, en su segundo priorato, fue notable la actividad de los padres dominicanos que, bajo su dirección, atendieron los lazaretos que se instalaron. La comunidad contaba en ese tiempo con los siguientes religiosos: Prior: Angel María Boisdron. Subprior: Pío Canto. Padres: Jordán Zelaya, Luis Daufresne, Cornelio Echave, Manuel Eyrea y Vicente Piñeiro, los Hermanos estudiantes Miguel Roldán y Alberto Palavecino y el Hermano cooperador Nicolás Nessini. El P. Pío Canto se había distinguido ya en Buenos Aires durante la epidemia de fiebre amarilla que asoló aquella ciudad a principios de 1871.


Nos detendremos un tanto al llegar a este punto, que tiene marcada importancia en la vida de nuestro biografiado, no sólo por lo que significó para Tucumán y por la parte que le cupo a él y a su comunidad dominicana, sino principalmente, porque de las nefastas consecuencias de aquella epidemia, que duró desde principios de diciembre de 1886 hasta fines de febrero del año siguiente, surgió una de las obras más interesantes de su vida: la fundación de las Hermanas Terciarias Dominicas, que llevó a cabo con la Sra. Elmina Paz de Gallo.

El cólera morbus, originario de las riberas del Ganges, en la India, hizo estragos en Europa y en América durante el siglo xix. Por lo que respecta a nuestra patria, se habían dado casos en 1818 (Buenos Aires), 1832 (Corrientes) y, sobre todo, a fines de 1867 y principios de 1868, en que afectó varias ciudades de la República.

En cuanto a la epidemia a que nos referimos, España fue la primera en sufrir sus consecuencias en 1885, y al año siguiente se extendió por Italia y el centro de Europa.

A Buenos Aires arribó en un barco italiano, a principios de noviembre de ese mismo año de 1886. Muy poco después se registraron los primeros casos en Rosario y pronto llegó a Córdoba y a otras provincias argentinas.

En Buenos Aires, ciudad que estaba dotada de numeroso personal médico y de obras sanitarias, hospitalarias y asistenciales, la epidemia no tuvo mayor importancia. Pero la situación de las provincias era muy distinta.

En el informe que elevó al Ministro del Interior, Dr. Eduardo Wilde, el Comisionado Nacional para las provincias del norte, Dr. Benjamín F. Aráoz, el 20 de abril de 1887, expresaba: "Ningún pueblo de la República Argentina ha sufrido tanto como Tucumán los estragos del cólera, ni parte alguna fue sorprendida en peores condiciones de defensa, porque descansaba en la creencia errónea de que había antagonismo entre la malaria y la bacteria colerígena, opinión que fue alimentada por algunos médicos y que reconocía por fundamento el hecho de que en 1867 hubo cólera en Santiago y no franqueó la frontera norte de la provincias".

Sin embargo, en la prensa tucumana de la época se nota una marcada inquietud a raíz de las noticias que llegaban de Buenos Aires, Rosario y Córdoba y, aunque es verdad que para muchos, aun médicos, no representaba un peligro, al menos inmediato, las autoridades provinciales y municipales adoptaron medidas de precaución para evitar el contagio en su territorio.

De Córdoba llegaban familias enteras huyendo de la peste. El Gobierno de Tucumán celebró un tratado con los de Catamarca y Santiago del Estero para detener en Recreo a los trenes procedentes de la docta ciudad y someter a cuarentena a los pasajeros. Pero el 28 de noviembre llegaba a Tucumán, procedente de Rosario y con destino a Salta, el Regimiento N° 5 de caballería, que venía contaminado y fue el vehículo de la epidemia.

Volvamos al ya citado informe del Dr. Benjamín Aráoz, en lo que se refiere a Tucumán: "A principios de diciembre se denunciaba el primer caso de cólera, a los quince días se generalizaba por la ciudad y el día 29 tocaba la cifra más alta que alcanzó todo el ciclo epidemial". "El aumento diario del número de víctimas hacía pensar que el cólera iba a concluir con todos los habitantes de Tucumán. Los médicos no bastaban para atender a los enfermos de la capital y ya el cólera cundía por toda la provincia”.

El día 29 hubo, por parte baja, ciento cuarenta defunciones. Pero ocho días después, la epidemia comenzaba a ceder y a fines de enero podía considerársela prácticamente extinguida, si bien el último lazareto cerró sus puertas el 22 de febrero. Estragos de consideración hizo en toda la provincia y entre las poblaciones más afectadas pueden mencionarse Lules, Monteros, Ranchillos y Burruyacú.


Se calculan entre 5.000 y 6.000 las víctimas del cólera en Tucumán, aunque no es posible establecer cifras precisas, pues no siempre pudieron registrarse los casos ni las defunciones a causa de que mucha gente, en su ignorancia, desconfiaba de los médicos y de las comisiones de sanidad; creían que las autoridades trataban de exterminar a las personas contagiadas, y por lo tanto no denunciaban a sus enfermos y sepultaban por su cuenta a sus muertos. En Los Sarmientos se dio el caso de asesinar a los miembros de la Comisión de Higiene Jorge Day, Antonio Andina y Fermín Urrutia, españoles los dos últimos.

En medio del desastre, Tucumán dio pruebas de heroísmo y abnegación. Las autoridades civiles, los médicos locales y otros venidos de Buenos Aires y Córdoba, los eclesiásticos, los clubes, las colonias de residentes extranjeros, españoles, italianos y franceses, y otras asociaciones que se organizaron para hacer frente al flagelo, como también los particulares, acudieron a aquella cita de honor para combatir con la muerte.

Ya hemos dicho que el Prior de Santo Domingo, P. Boisdron y su comunidad supieron cumplir con su deber en aquella emergencia. Pero no vamos a extendernos en este punto, ni proporcionar los pocos datos registrados, en la historia.

Vayamos a algo que interesa más al caso. Preferimos ceder la palabra a un ilustre médico tucumano, el Dr. Gregorio Aráoz Alfaro, que en enero de 1937, al cumplirse los cincuenta años de los días más terribles de aquella epidemia, escribía en La Gaceta:

“A medida que la epidemia avanzaba, un problema iba presentándose cada vez más pavoroso en Tucumán, el de los huérfanos, cuyo número crecía día por día, y que sobrepasaba con mucho las posibilidades de las familias caritativas que había ido haciéndose cargo de ellos transitoriamente. Entonces surgió, corno suele ocurrir providencialmente en las horas solemnes, una gran figura de mujer, encendida de fe cristiana e impregnada de ese santo amor humano que Jesús había predicado, doña Elmina Paz de Gallo. De familia patricia, viuda y hermana de hombres espectables y de desahogada posición económica, respetada por todos, de los ricos y de los pobres, por su nobleza de alma, por su modestia, por sus virtudes, ella concibió el noble anhelo de recoger esos niños huérfanos, de ser su amparo y su madre. Y a esa obra tan alta y tan digna decidió consagrar toda su fortuna y todo el resto de su vida".

El promotor de esta magnánima y generosa actitud de la señora de Gallo fue el Padre Boisdron, que era su director espiritual desde su llegada a Tucumán, diez años atrás.

Esta matrona tucumana, viuda del caballero santiagueño don Napoleón Gallo desde hacía varios meses, y sin descendencia -tuvo una hija que murió siendo pequeña-, se hallaba entonces en su quinta.

Como narra en su autobiografía ya citada, muy preocupado por el pavoroso problema de los niños que la peste dejaba en la orfandad, Boisdron fue a pedirle que cediera provisoriamente su casa de la ciudad, situada en la calle Belgrano, hoy 24 de Setiembre, a media cuadra de la plaza mayor, para recoger a los huérfanos. Doña Elmina respondió tan generosamente al pedido, que no sólo facilitó su casa, sino que se ofreció ella misma para recoger y atender a los niños. Esto tenía lugar el 28 de diciembre, cuando la peste llegaba a su punto culminante.

Para el 8 de enero de 1887 ya albergaba en su casa treinta y siete huérfanos "por quienes se desvive, atendiéndolos de una manera solícita como no lo alcanzaría a hacer una madre", según puede leerse en el diario El Orden de esa fecha.

Bajo la dirección del P. Boisdron, en un primer momento atiende a los niños en su casa, pero su íntimo deseo es que esa labor no sea transitoria: quiere dedicar su vida y su fortuna al cuidado de aquellos y otros niños pobres.


AlumnasEn vista de tan noble disposición, el P. Boisdron acaricia la idea de fundar una congregación religiosa y luego de los trámites correspondientes ante la autoridad diocesana, el 15 de enero de 1888 la señora Elmina -que adopta el nombre de Sor María Dominga del Santísimo Sacramento, aunque todos la llamarán Madre Elmina- y un grupo de señoritas visten el hábito de Santo Domingo y queda establecida la Congregación de Hermanas Terceras Dominicas del Santísimo Nombre de Jesús.

El 30 de junio del año siguiente se inaugura el edificio del Asilo de Huérfanas, situado en la tercera cuadra de la Avenida Sarmiento. Allí se establecerá la Casa Madre de la Congregación y se fundará una escuela gratuita para niñas. En estos últimos años se ha creado también el instituto Santa Catalina de Siena.

De gran beneficio no sólo para Tucumán, sino también para buena parte de la República, será la nueva corporación religiosa, pues, superadas las primeras etapas y tomando un creciente vigor, se dedicará también a la enseñanza y extenderá su radio de acción a otros lugares de la provincia y del país.

Así vemos surgir, en primer término, el Colegio del Santísimo Rosario de Monteros (1895) y, poco después, el Asilo de Huérfanas de Santiago del Estero. En 1902 se funda en Tucumán el Colegio Santa R osa que, con el tiempo y el esfuerzo, llegará a adquirir una elevada jerarquía en su medio.

Los años de 1908 y 1909 marcan un nuevo avance de la Congregación al establecerse el Asilo de la Sagrada Familia en Santa Fe, el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, en Buenos Aires, y el Colegio-Asilo "Francisco Javier Correa", en Rosario.

Todas estas fundaciones se realizaron en vida de la Madre Elmina, que murió ejemplarmente, como había vivido, el 2 de noviembre de 1911, a la edad de 78 años. Poco más de un año antes, el 8 de setiembre de 1910, el P. Boisdron había obtenido la aprobación pontificia de la corporación. Al recio temple espiritual de ambos fundadores, se debe la existencia de esta benemérita congregación argentina de religiosas dominicanas, la segunda que se fundaba en el país.

Al promediar el tercer priorato consecutivo del P. Boisdron, en agosto de 1890, el Rmo. Padre General de la Orden, Fray José María Larroca, reclama sus servicios en Europa. El Sumo Pontífice León XIII acaba de crear una Facultad de Teología en la Universidad de Friburgo, Suiza, y la ha confiado a la Orden dominicana. El General de la Orden piensa integrar el cuerpo de profesores de aquella facultad con Angel María Boisdron.

El solo hecho de esta designación de un religioso que se encontraba a tanta distancia, nos da una idea del concepto que este gozaba no ya en Tucumán o en la República Argentina, sino también en Europa. Hacía catorce años que se encontraba aquí, y desde su juventud, desde aquel ya lejano año de 1872, en que se iniciara como profesor de filosofía en Carpentras, nunca había abandonado el estudio y aun la enseñanza de la filosofía o de la teología, ejercida en una u otra forma.


Entre 1890 y 1894 enseña en Friburgo y, en esos años, rindió su examen para Maestro en Sagrada Teología, grado académico supremo de la Orden, que le fue conferido también entonces. Allí mismo publica su obra Théories et systèmes des probabilités en theologie morale, dedicada a sus alumnos. Por setiembre de 1894 regresa a la Argentina, es decir a Tucumán, y en noviembre es elegido Provincial, al terminar su período el sanjuanino Fray Antonio Keller.

Podernos decir que, con esta elección, su figura alcanza, definitivamente, un nivel nacional. Desempeña el cargo hasta su término en 1898 y al año siguiente, al crearse en Córdoba la Casa General de Estudios, es designado Rector y catedrático de teología. El 4 de junio de 1897 el Maestro de la Orden lo había nombrado Vicario General de los dominicos franceses del colegio Lacordaire de Buenos Aires.

El Padre Boisdron se intereso vivamente por los problemas sociales y difundió los principios enunciados por el Papa León XIII en su famosa encíclica Rerum Novarum, publicada en 1891, mientras él se encontraba en Europa. Por otra parte, auspició la fundación del primer Centro Católico de obreros de Tucumán, que se llevó a cabo en el convento dominicano el 2 de junio de 1895, y cuyo director fue Fray Pedro Zavaleta. Este centro se incorporará poco después a los Círculos de Obreros que el redentorista alemán Federico Grote había comenzado a fundar en Buenos Aires a partir de 1892.

El 4 de junio de 1896, con motivo del primer aniversario del Centro Católico, como se lo denominaba corrientemente, el Padre Boisdron pronunció una notable conferencia que lleva por título: La cuestión social. De igual modo, en otras, ocasiones disertó sobre aspectos vinculados a dicho tema, como en la inauguración del Asilo San Miguel, el 29 de junio de 1908, en que habló sobre la cultura del obrero. También influyó en la formación social cristiana del doctor Ernesto E. Padilla.

En 1901 vuelve a ocupar el cargo de Provincial, a la muerte del P. Jacinto Varela. Desde hace tiempo y sobre todo desde su regreso de Europa, en 1894, tiene en toda la República un bien cimentado renombre corno profesor predicador y conferencista, además del prestigio que le confieren sus reconocidos virtudes humanas, religiosas y sacerdotales. Habla y escribe sobre los más diversos temas.

Sus exposiciones generalmente no son extensas, pero tienen una solidez y una claridad dignas de notarse.

En cuanto a sus características como orador o conferencista, veamos lo que escribía un ilustre tucumano, el Dr. Juan B. Terán, en la Revista de Letras y Ciencias Sociales de mayo de 1905:

“El P. Boisdron es un orador moderno: tal es su definición y su elogio.

Hombre de su tiempo, con el sentido de las nuevas necesidades, ha adquirido las condiciones que le eran adecuadas para triunfar en su ministerio. Doctrinario, raciocinador, tolerante en la forma, sabe que la simpatía es el camino más seguro para el convencimiento, y que en nuestro tiempo no se predica a creyentes y devotos.

“Como Lacordaire, trata de vincular el cristianismo a su siglo, y como él, tiene el culto del amor y de la antigüedad clásica. . .

“No trata de persuadir en nombre del dogma o de la fe, sino de la razón, cuyo elogio hemos oído en su boca en el panegírico de Santo Tomás.”


Su cosecha ha de ser, pues, óptima, a la inversa de los que se satisfacen en perorar estéril y abundantemente, en nombre de sentimientos que dejan fríos, con ademanes e imprecaciones que corresponden a estados del alma arqueológicos.

“Pocos predicadores como él, han llamado por su nombre las ideas nuevas: como Von Ketteler, el Arzobispo de Maguncia, ha escuchado el clamor sordo y murmurante de las plebes desheredadas, y ha dicho: "el orden social debe reformarse' (conferencia en el centro de obreros de Tucumán, 1895), es inadmisible la desigualdad monstruosa de las condiciones en cuanto a la posesión de fortuna, de los bienes y bienestar en este mundo.

“Es claro que su disidencia con el socialismo marxista es irreductible, porque afirma la propiedad, la autonomía individual y la jerarquía social; pero queda el testimonio de un pastor de almas que se inquieta y medita en los dolores que las torturan". Creemos que huelgan los comentarios a estas expresiones del fundador de la Universidad Nacional de Tucumán.

Durante el segundo provincialato del P. Boisdron (1901-1905) ocurre en el orden nacional un acontecimiento que provoca grandes inquietudes.

Desde hace tiempo viene agitándose el fantasma del divorcio. En 1901, el flamante arzobispo de Buenos Aires, Mons. Mariano Antonio Espinosa, encarga al P. Boisdron una serie de conferencias sobre el matrimonio en la catedral metropolitana y en una de ellas trató ex profeso el tema divorcista.

En 1902, el diputado por Buenos Aires Carlos Olivera, presentó un proyecto de ley que tenía todas las perspectivas de triunfo, dado el ambiente que se venía agitando, los esfuerzos de la masonería y de las corrientes anticatólicas de todo tipo, así como de la prensa liberal. Por otra parte, ya habían desaparecido los grandes parlamentarios católicos del 80, los Avellaneda, Estrada, Goyena, Pizarro, Achával Rodríguez, Lamarca, vale decir que el panorama se presentaba sombrío.

En ese año de 1902 se había incorporado al Parlamento Nacional un joven diputado tucumano (tenía 29 años de edad), el Dr. Ernesto E. Padilla, cuya intervención en el caso sería toda una revelación y cambiaría el rumbo de los acontecimientos. Su brillante actuación en la discusión de aquel proyecto, daría el triunfo a la causa católica, pues llegaría a convencer no sólo a los indiferentes, sino hasta a algunos de los más ardientes divorcistas. Realizada la votación, resultó rechazado el proyecto por cincuenta votos contra cuarenta y ocho. Grandes fueron las ovaciones y muchísimas las felicitaciones que recibió el joven diputado a raíz de su memorable discurso del 25 de agosto de 1902. Pero veamos lo que tiene que ver el P. Boisdron con todo esto.

El Dr. Ernesto E. Padilla, nacido en 1873, conocía al dominico francés, íntimo amigo de su familia, desde su más tierna infancia.

El P. Guillermo Furlong en su extensa obra biográfica sobre Padilla, habla de "sus vinculaciones con la Orden de Santo Domingo, en especial con el P. Boisdron, quien tanta influencia, así espiritual como intelectual ejerció sobre el joven adolescente entre 1885 y 1889, mientras realizaba sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Tucumán". Además, como ya expresamos, había hecho sus estudios primarios en la escuela de Santo Domingo bajo la dirección de nuestro biografiado.

Ha sido el P. Boisdron quien escribió en carta al Padre David Ghiringhelli O. P., Prior de Tucumán, fechada en Córdoba el 24 de julio de 1899, es decir tres días después del fallecimiento de doña Josefa Nougués de Padilla, madre de Ernesto, que ella solía decir, entusiasmada al leer los discursos de los grandes parlamentarios católicos del 80, que se opusieron a los proyectos de ley de enseñanza laica y matrimonio civil, o sea a los que ya nombramos: "dichosa sería yo de tener hijos que así entendiesen y defendiesen a la Iglesia Católica". Furlong reproduce íntegramente esta extensa carta en su biografía del Dr. Padilla.


Pero está lejos de acabar todo aquí. Ya hemos dicho que en 1901 el P. Boisdron dio en la catedral de Buenos Aires, a solicitud del arzobispo Espinosa, una serie de conferencias sobre el matrimonio y el divorcio.

En julio del año siguiente, cuando ya estaba presentado el proyecto de ley y comenzaba su discusión, llega a Buenos Aires el obispo de Tucumán, Monseñor Pablo Padilla y Bárcena acompañado por el P. Boisdron.

“Este dominico, escribe Carlos Dalmiro Viale en su libro "Buenos Aires, 1902. Batalla del divorcio", se había hecho célebre en 1877, polemizando con Benjamín Posse. El P. Boisdron, que era un fraile humilde, amigo del diputado Padilla, muy versado en teología, filosofía, ciencia bíblica, economía política, derecho canónico y civil, historia, literatura clásica y moderna, fue una revelación para los católicos porteños y trajo un esfuerzo positivo, mayor que el que pudo suponerse, a la defensa del matrimonio cristiano. De entrada, predica en Santo Domingo, y enseguida todas las parroquias lo disputan y no lo dejan descansar un solo domingo".

No puede caber duda, después de los antecedentes que hemos mencionado y ante los hechos relatados, que el P. Boisdron, fue el asesor o uno de los principales asesores del joven parlamentario tucumano, que se iniciaba con tanto éxito y estaba llamado a muy altos destinos en su provincia y en el ámbito nacional.

Terminado su segundo provincialato, en 1905, vuelve a continuar su labor de siempre en su convento de Tucumán. Dirige la Congregación de las Hermanas Dominicas y mantiene, con sus sesenta años ya cumplidos, pero vigoroso todavía, una intensa labor de predicación, de dirección de almas y de periodismo. Además, dirige la Tercera Orden dominicana y es consultor del obispado y censor diocesano de libros.

Desde poco después de su llegada, en 1876, gozó de un predicamento tal, como quizá ningún otro sacerdote haya tenido en Tucumán. En todas las esferas sociales era respetado y extraordinariamente apreciado como sacerdote y como hombre de ciencia y de consejo.

Fue llamado para la asistencia espiritual del general Celedonio Gutiérrez, ex gobernador, que falleció en Alderetes el 12 de agosto de 1880. Lídoro Quinteros, otro ex gobernador, lo hizo llamar a Buenos Aires, en agosto de 1907, al sentirse enfermo de gravedad. El Padre Boisdron viajó a la capital el día 18 y asistió a Quinteros, que fallecía el 25.

También en otras ciudades de la República lo reclaman. Así tenemos, por vía de ejemplo, que el 30 de setiembre de 1911, tiene a su cargo el sermón en la gran fiesta que celebra el convento de Córdoba con motivo de que su templo de Santo Domingo ha sido elevado a la jerarquía de Basílica.

En 1901 y 1913 fue enviado en calidad de Definidor, es decir, como delegado de la Provincia dominicana argentina, a los Capítulos Generales que la Orden celebró en Gante (Bélgica) y en Venloo (Holanda). En su carácter de Provincial asistió a otros dos de aquellos encuentros ecuménicos dominicanos: en 1898, al Capítulo General de Viena, en Austria; y en 1904 al de Viterbo, en Italia. Entre 1915 y 1917 ejerce el rectorado del Colegio Lacordaire, en Buenos Aires.

A fines de mayo de 1919 Tucumán celebra solemnemente sus Bodas de Oro sacerdotales. No vamos a detenernos en relatar esta celebración, porque sería de no acabar, pero no podemos menos que expresar que no sólo el convento y la Congregación de Hermanas Dominicas, sino Tucumán todo se da cita para rendirle un homenaje muy merecido.

Además de las celebraciones que se realizaron en aquellos días, y que publicó en un folleto la Biblioteca del Apostolado de la Oración, se formó una comisión especial, integrada por los doctores Juan B. Terán, Alberto Nougués y Ernesto E. Padilla, que tenía por finalidad la publicación de sus sermones, conferencias y escritos.


Mucho costó encontrar el abundante material, disperso en innumerables publicaciones. Dos años después, en 1921, apareció en Buenos Aires un tomo de 403 páginas con el título de Discursos y Escritos. Consta de cincuenta y cinco sermones y conferencias y dieciséis publicaciones, amén de los artículos de la polémica con Benjamín Posse.

Aunque el esfuerzo realizado es digno del mayor elogio, es de lamentar que esta obra no sea más completa, como también que no se indique en ella las fuentes de donde fueron tomados los escritos, salvo el caso de la famosa polémica.

El Dr. Ernesto E. Padilla, el mismo destacado parlamentario del divorcio y adalid de tantas otras nobles causas, prologa este libro. Comienza diciendo: "De los cincuenta años de sacerdocio que cumplió el P. Boisdron el 24 de mayo de 1919, cuarenta y tres corresponden al ejercicio de su ministerio en Tucumán, pues, aunque salió a desempeñar funciones de enseñanza en Friburgo, en Córdoba y Buenos Aires y de gobierno interno de la Orden Dominicana en otros puntos, siempre guardó su celda en el convento de esta ciudad".

Luego explica las dificultades encontradas en la recopilación, debidas principalmente a que el autor no conservara la mayor parte de los originales, y que de los primeros catorce años de su permanencia en Tucumán, en los que su labor intelectual fue tan intensa como siempre, no se han encontrado sino dos discursos y los artículos de la polémica.

No cabe duda que el P. Boisdron publicó mucho más, principalmente en revistas dominicanas, como La Hoja del Rosario, que él fundó siendo Prior, la revista Ensayos y Rumbos, del Colegio Lacordaire de Buenos Aires, y en los periódicos La Buena Noticia y Verdades y Noticias que publicaba el primero en Tucumán y Santiago del Estero y el segundo en Mendoza el P. Luis María Cabrera. En el archivo del convento se conservan siete voluminosas carpetas con manuscritos de sermones, conferencias y otros trabajos escritos de su puño y letra.

En febrero de 1920 presidió la celebración de las Bodas de Plata del Colegio del Santísimo Rosario de Monteros y tuvo a su cargo, como siempre, el discurso principal.

Uno de sus últimos sermones debió ser el que predicó en el ingenio San Pablo, el 16 de julio de 1924 y que fue publicado en folleto el año siguiente.

Hacia mediados de octubre de ese mismo año, encontrándose en Monteros, se sintió atacado de apendicitis, y a pesar de la rapidez y solicitud con que se lo atendió, al ser trasladado a la ciudad para una intervención quirúrgica, ya se había declarado una aguda peritonitis. Falleció el día 16, rodeado por sus hermanos de hábito, de sus religiosas y de sus más íntimos amigos.


Murió con la muerte de los justos, frisando en los 80 años de edad, precisamente a los 79 años, diez meses y seis días. Dejaba en herencia a todos el recuerdo perdurable de una plenitud y de una ejemplaridad de vida y toda una serie de obras realizadas en el más elevado nivel espiritual.

Al día siguiente se ofició un solemne funeral en Santo Domingo y se puede decir que las amplias naves del templo resultaban estrechas para contener la enorme concurrencia que asistió. Al finalizar el oficio religioso, hizo uso de la palabra el franciscano Salvador Villalba.

A las 16 tuvo lugar el sepelio, en el mismo templo, con la asistencia de las autoridades civiles y eclesiásticas de la provincia. El Director del colegio salesiano P. Lorenzo Massa, pronunció la oración fúnebre, en nombre del clero tucumano, comenzando con estas palabras:

“En medio del duelo que hoy comparte Tucumán en todas sus clases y esferas sociales, porque todas ellas, desde las más humildes hasta las más elevadas, desde las autoridades civiles hasta las eclesiásticas, se sienten hondamente afectadas ante la muerte de este santo sacerdote que acaba de morir, vengo a dar la despedida a sus restos mortales en nombre de las autoridades diocesanas, en nombre del clero de Tucumán y en nombre del Colegio de Consultores diocesanos, en cuyo seno era el extinto la figura más prestigiosa y de más relieve".

Luego habló el Prior del convento, Fray Gonzalo Costa y de inmediato se procedió a la inhumación de sus restos en una de las naves del templo, hoy basílica.

Allí permanecieron durante cuarenta y cuatro años, o sea hasta fines de diciembre de 1968, en que fueron exhumados para ser trasladados a la Casa Madre de las Hermanas dominicas.

Ellas también habían exhumado los restos de la Madre Elmina y, en solemne ceremonia, sendas urnas con los restos de ambos fundadores fueron colocadas en la capilla, en un lugar de privilegio. Allí descansan sus despojos mortales, mientras sus espíritus velan desde el cielo por la congregación.

Una misa celebrada por el Arzobispo de Tucumán, Mons. Blas Victorio Conrero, el Vicario General, Mons. Víctor Gómez Aragón, los dominicos Mario Petit de Murat y Luis de Faulconnier y otros sacerdotes, realzó la solemnidad de aquel acto. Era el 28 de diciembre de 1968, el día en que se cumplían setenta y dos años desde que la Madre Elmina recibió las primeras huérfanas en 1886.

Dentro de tres años se cumplirá el quincuagésimo aniversario de la muerte de tan benemérito religioso. Es verdad que algo se ha publicado acerca de él, como la Corona Fúnebre que editó el P. Jacinto Carrasco en 1925, con las notas necrológicas que aparecieron en la prensa de Tucumán y de casi todo el país. Pero, como expresamos al comenzar esta disertación, la personalidad y obra del P. Boisdron carece aún de un estudio biográfico que esté a la altura de sus méritos.

Y vamos a dar fin a esta disertación con una frase que escribió el P. Carrasco en Ensayos y Rumbos de noviembre de 1924, haciendo el elogio del insigne varón que acababa de fallecer:

“Su vida fue clara y nítida como una lámina de oro, y la dirección indeclinable de su espíritu hacia el bien quedará marcada por siempre en los anales dominicanos, como el pasaje señorial por nuestro suelo de un ser superior, que dejó en pos de sí la nobilísima sensación de que pasaba con él un verdadero hijo de Santo Domingo".[1]

[1] En el cincuentenario de la muerte del Padre Boisdron (16 de octubre de 1974) tuvo lugar, en la capilla de la Casa Madre de la Congregación de Hermanas dominicas, una misa solemne oficiada por el arzobispo de Tucumán, Mons. Blas Victorio Conrero, con los siguientes concelebrantes: el obispo de Concepción, Mons. Juan Carlos Ferro, los dominicos: Vicario Provincial Fray Miguel Cardozo, Vice Rector de la UNSTA Fray Luis S. Ferro, y los padres julio D. Orellano, Rubén Boria, Héctor Muñoz y Rubén González, y el Pbro. Vicente Zueco. Contó con la presencia de la Priora General, M. Marta Campi, la Priora de la casa, M. María Vilana Díaz y numerosas religiosas. Además, la congregación hizo publicar esta conferencia.

FUENTE: Orden de Predicadores - Provincia Argentina - http://www.op.org.ar