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unstaEn una autobiografía escrita en 1910, el mismo Padre Boisdron narra con pormenores su viaje a Tucumán, que podernos sintetizar en pocas palabras.

El 16 de agosto partía de Buenos Aires con los padres Juan Caviglia, Manuel Eyrea y Cornelio Echave y el hermano cooperador Miguel Iribarren. Dos días después llegaban a Córdoba, en donde permanecieron una semana. Como el ferrocarril de Córdoba a Tucumán estaba habilitado sólo hasta Monteagudo, llamado entonces Telfener, de allí debieron pasar a un tren de carga que los condujo hasta Simoca, en donde los esperaba el Prior tucumano, Fray Jordán Zelaya. Llegaron a la ciudad de Tucumán el día 28 "en las primeras horas de la noche". Exactamente un mes después, el 28 de setiembre, llegaba a Tucumán la primera locomotora y el 31 de octubre se efectuaba la ceremonia inaugural del ferrocarril, con la presencia del presidente Nicolás Avellaneda.

El Provincial González había arribado en julio, en compañía del Padre Pío Canto, a quien instituía Prior el 15 de setiembre, con lo que quedaba establecido un nuevo sistema de vida en el convento tucumano.

Sin duda alguna, en cualquier ciudad de la República el P. Boisdron habría desarrollado una actividad sobresaliente. Pero cupo a Tucumán la fortuna de ser la predestinada, la beneficiaria directa y principal de su personalidad eximia, del sacerdote y religioso ejemplar, del hombre de estudio y, al mismo tiempo, de actividad múltiple. Puede decirse que fue un predestinado a consustanciarse con Tucumán. Se ausentaría de ella en más de una ocasión, por elevadas exigencias, pero regresaría siempre, hasta dejar su vida en ella.

Apenas llegado, se dedica a la predicación, que le cuesta muchos esfuerzos porque aún no domina el español. Piensa sus sermones en francés, los redacta en latín y los hace traducir al castellano. No llegará a dominar el español como Groussac y nunca perderá del todo un dejo a su acento nativo; pero, con el tiempo, logrará poseerlo más que suficientemente como para ocupar con honor los más encumbrados púlpitos de la República.

A pocos meses de su llegada, ocurre en nuestra ciudad un hecho a raíz del cual emerge su figura, acaso por primera vez, en el horizonte tucumano. Vamos a referirnos a él de la manera más breve posible.

A principios de 1877, Benjamín Posse, periodista de pluma fácil e incisiva y, por otra parte, bastante descreído, había sido incorporado como profesor de filosofía en el Colegio Nacional, cuyo rector era don José Posse.

Poco tardó en suscitarse un comentario sobre las doctrinas que aceptaba o sugería el nuevo profesor, tildándoselas de contradictorias y hasta ofensivas para el catolicismo. Se llegó también a atribuirle el elogio de las Memorias de Judas, que el barón Petruccelli della Gattina acababa de publicar en París, en las que atacando la divinidad de Jesucristo, lo presentaba muriendo tísico en Roma.

El comentario favorable a la antojadiza afirmación del escritor italiano, que se atribuía al profesor Posse, conmovió las conciencias y llegó a conocimiento del P. Boisdron, quien en esos días hacía la predicación de Semana Santa". En uno de esos sermones trató el tema de la divinidad de Jesús y atacó duramente la teoría racionalista del napolitano.

El señor Posse se creyó aludido y publicó en La Razón del 13 de abril un suelto en el que desmentía las versiones circulantes, al tiempo que abundaba en expresiones insultantes contra el fraile "cuyo nombre ignoro", y en el que negaba la competencia de los sacerdotes para enseñar filosofía e historia en los colegios nacionales.

El P. Boisdron respondió el 20, dando a conocer su nombre y condición de dominico francés y respondiendo con altura a las bajezas espetadas por Posse. La polémica fue cayendo en el terreno personal, a causa de la agresividad de su contrincante. El último artículo, que fue del padre Boisdron, apareció el 2 de mayo.

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