Se calculan entre 5.000 y 6.000 las víctimas del cólera en Tucumán, aunque no es posible establecer cifras precisas, pues no siempre pudieron registrarse los casos ni las defunciones a causa de que mucha gente, en su ignorancia, desconfiaba de los médicos y de las comisiones de sanidad; creían que las autoridades trataban de exterminar a las personas contagiadas, y por lo tanto no denunciaban a sus enfermos y sepultaban por su cuenta a sus muertos. En Los Sarmientos se dio el caso de asesinar a los miembros de la Comisión de Higiene Jorge Day, Antonio Andina y Fermín Urrutia, españoles los dos últimos.

En medio del desastre, Tucumán dio pruebas de heroísmo y abnegación. Las autoridades civiles, los médicos locales y otros venidos de Buenos Aires y Córdoba, los eclesiásticos, los clubes, las colonias de residentes extranjeros, españoles, italianos y franceses, y otras asociaciones que se organizaron para hacer frente al flagelo, como también los particulares, acudieron a aquella cita de honor para combatir con la muerte.

Ya hemos dicho que el Prior de Santo Domingo, P. Boisdron y su comunidad supieron cumplir con su deber en aquella emergencia. Pero no vamos a extendernos en este punto, ni proporcionar los pocos datos registrados, en la historia.

Vayamos a algo que interesa más al caso. Preferimos ceder la palabra a un ilustre médico tucumano, el Dr. Gregorio Aráoz Alfaro, que en enero de 1937, al cumplirse los cincuenta años de los días más terribles de aquella epidemia, escribía en La Gaceta:

“A medida que la epidemia avanzaba, un problema iba presentándose cada vez más pavoroso en Tucumán, el de los huérfanos, cuyo número crecía día por día, y que sobrepasaba con mucho las posibilidades de las familias caritativas que había ido haciéndose cargo de ellos transitoriamente. Entonces surgió, corno suele ocurrir providencialmente en las horas solemnes, una gran figura de mujer, encendida de fe cristiana e impregnada de ese santo amor humano que Jesús había predicado, doña Elmina Paz de Gallo. De familia patricia, viuda y hermana de hombres espectables y de desahogada posición económica, respetada por todos, de los ricos y de los pobres, por su nobleza de alma, por su modestia, por sus virtudes, ella concibió el noble anhelo de recoger esos niños huérfanos, de ser su amparo y su madre. Y a esa obra tan alta y tan digna decidió consagrar toda su fortuna y todo el resto de su vida".

El promotor de esta magnánima y generosa actitud de la señora de Gallo fue el Padre Boisdron, que era su director espiritual desde su llegada a Tucumán, diez años atrás.

Esta matrona tucumana, viuda del caballero santiagueño don Napoleón Gallo desde hacía varios meses, y sin descendencia -tuvo una hija que murió siendo pequeña-, se hallaba entonces en su quinta.

Como narra en su autobiografía ya citada, muy preocupado por el pavoroso problema de los niños que la peste dejaba en la orfandad, Boisdron fue a pedirle que cediera provisoriamente su casa de la ciudad, situada en la calle Belgrano, hoy 24 de Setiembre, a media cuadra de la plaza mayor, para recoger a los huérfanos. Doña Elmina respondió tan generosamente al pedido, que no sólo facilitó su casa, sino que se ofreció ella misma para recoger y atender a los niños. Esto tenía lugar el 28 de diciembre, cuando la peste llegaba a su punto culminante.

Para el 8 de enero de 1887 ya albergaba en su casa treinta y siete huérfanos "por quienes se desvive, atendiéndolos de una manera solícita como no lo alcanzaría a hacer una madre", según puede leerse en el diario El Orden de esa fecha.

Bajo la dirección del P. Boisdron, en un primer momento atiende a los niños en su casa, pero su íntimo deseo es que esa labor no sea transitoria: quiere dedicar su vida y su fortuna al cuidado de aquellos y otros niños pobres.

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