Nos detendremos un tanto al llegar a este punto, que tiene marcada importancia en la vida de nuestro biografiado, no sólo por lo que significó para Tucumán y por la parte que le cupo a él y a su comunidad dominicana, sino principalmente, porque de las nefastas consecuencias de aquella epidemia, que duró desde principios de diciembre de 1886 hasta fines de febrero del año siguiente, surgió una de las obras más interesantes de su vida: la fundación de las Hermanas Terciarias Dominicas, que llevó a cabo con la Sra. Elmina Paz de Gallo.

El cólera morbus, originario de las riberas del Ganges, en la India, hizo estragos en Europa y en América durante el siglo xix. Por lo que respecta a nuestra patria, se habían dado casos en 1818 (Buenos Aires), 1832 (Corrientes) y, sobre todo, a fines de 1867 y principios de 1868, en que afectó varias ciudades de la República.

En cuanto a la epidemia a que nos referimos, España fue la primera en sufrir sus consecuencias en 1885, y al año siguiente se extendió por Italia y el centro de Europa.

A Buenos Aires arribó en un barco italiano, a principios de noviembre de ese mismo año de 1886. Muy poco después se registraron los primeros casos en Rosario y pronto llegó a Córdoba y a otras provincias argentinas.

En Buenos Aires, ciudad que estaba dotada de numeroso personal médico y de obras sanitarias, hospitalarias y asistenciales, la epidemia no tuvo mayor importancia. Pero la situación de las provincias era muy distinta.

En el informe que elevó al Ministro del Interior, Dr. Eduardo Wilde, el Comisionado Nacional para las provincias del norte, Dr. Benjamín F. Aráoz, el 20 de abril de 1887, expresaba: "Ningún pueblo de la República Argentina ha sufrido tanto como Tucumán los estragos del cólera, ni parte alguna fue sorprendida en peores condiciones de defensa, porque descansaba en la creencia errónea de que había antagonismo entre la malaria y la bacteria colerígena, opinión que fue alimentada por algunos médicos y que reconocía por fundamento el hecho de que en 1867 hubo cólera en Santiago y no franqueó la frontera norte de la provincias".

Sin embargo, en la prensa tucumana de la época se nota una marcada inquietud a raíz de las noticias que llegaban de Buenos Aires, Rosario y Córdoba y, aunque es verdad que para muchos, aun médicos, no representaba un peligro, al menos inmediato, las autoridades provinciales y municipales adoptaron medidas de precaución para evitar el contagio en su territorio.

De Córdoba llegaban familias enteras huyendo de la peste. El Gobierno de Tucumán celebró un tratado con los de Catamarca y Santiago del Estero para detener en Recreo a los trenes procedentes de la docta ciudad y someter a cuarentena a los pasajeros. Pero el 28 de noviembre llegaba a Tucumán, procedente de Rosario y con destino a Salta, el Regimiento N° 5 de caballería, que venía contaminado y fue el vehículo de la epidemia.

Volvamos al ya citado informe del Dr. Benjamín Aráoz, en lo que se refiere a Tucumán: "A principios de diciembre se denunciaba el primer caso de cólera, a los quince días se generalizaba por la ciudad y el día 29 tocaba la cifra más alta que alcanzó todo el ciclo epidemial". "El aumento diario del número de víctimas hacía pensar que el cólera iba a concluir con todos los habitantes de Tucumán. Los médicos no bastaban para atender a los enfermos de la capital y ya el cólera cundía por toda la provincia”.

El día 29 hubo, por parte baja, ciento cuarenta defunciones. Pero ocho días después, la epidemia comenzaba a ceder y a fines de enero podía considerársela prácticamente extinguida, si bien el último lazareto cerró sus puertas el 22 de febrero. Estragos de consideración hizo en toda la provincia y entre las poblaciones más afectadas pueden mencionarse Lules, Monteros, Ranchillos y Burruyacú.

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