Al finalizar el sexto año de su carrera eclesiástica, fue enviado al convento de Aviñón, residencia de los Papas en el siglo xiv para recibir la ordenación sacerdotal, ceremonia que se realizó en la catedral, el 22 de mayo de 1869, y celebró su primera Misa en la Basílica del Rosario, el día 24.

De Lyon volvió a Carpentras para cursar el último año de sus estudios, y graduarse en Lector o sea de profesor de filosofía y teología.

Al terminar su carrera, a mediados de 1870, fue enviado a Poitiers, a fin de que se ejercitara en la predicación, para la que manifestaba notables condiciones, y dos años más tarde, volvía a Carpentras para iniciarse en la enseñanza superior como profesor de filosofía e historia eclesiástica.

Durante su estancia en esta ciudad ocurrió un suceso que cambiaría no digamos tanto como el rumbo de su existencia, pero sí, lo sacaría de su tierra natal para trasladarlo a una región del orbe lejana y desconocida para él, en donde desarrollaría sus actividades durante el resto de su vida.

Era Subprior del convento de Carpentras el P. Luis María Pierson, que años antes, en 1860 y 1861, por comisión del Maestro General de la Orden, Fray Alejandro Vicente Jandel, había desempeñado el cargo de Visitador en la República Argentina y otros países de América del Sur.

Un buen día del año 1874, un dominico argentino que realizaba un viaje por Europa, al enterarse que el P. Pierson, a quien había conocido en Córdoba y mucho apreciaba, residía en Carpentras, decidió llegar hasta allí para presentarle sus saludos.

Aquel religioso, nacido en Tucumán y formado en Córdoba, se llamaba Fray Reginaldo Toro, había sido uno de los puntales de la reforma iniciada por Fray Olegario Correa en Córdoba, Prior del convento de la docta ciudad y estaba llamado a grandes destinos. Poco después sería dos veces Provincial, fundador de una congregación religiosa de mujeres y, finalmente, obispo de Córdoba.

En el convento de Carpentras conoció al P. Boisdron, que frisaba en los veintinueve años de edad, y quedó tan prendado de sus cualidades, que no cejó hasta convencerlo que debía venir a nuestra patria, en donde se necesitaban hombres como él.

Al año siguiente, determinado ya a venir a la Argentina, solicitó el permiso correspondiente y, en febrero de 1876, desembarcaba en Buenos Aires.

Apenas había cumplido treinta y un años de edad, pero su formación religiosa y su preparación científica eran muy sólidas. Además de haberse distinguido en sus estudios de carrera, había alternado con eminentes figuras de la Orden, como los Padres Monsabré, Didón Maynard, Danzas, Potton D'Alensie, Berthier, etc.

Entonces desde su llegada a Buenos Aires comenzó a enseñar teología. Un tiempo después el Provincial, Fray Reginaldo González, le proponía venir a Tucumán formando parte del equipo que encabezaba el P. Pío Canto, encargado de restablecer en el convento tucumano, la vida de observancia que había iniciado en Córdoba en 1857 el P. Olegario Correa, y poco a poco fueron adoptando los restantes conventos del país. No cabía duda de que el francés recién llegado era un buen elemento para tal finalidad, como el tiempo se encargará de confirmarlo. Con todo, es de suponer que el Provincial no imaginó el brillante destino que le estaba reservado: superaría con creces las esperanzas puestas en él.

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