2013

Ser padres … de adolescentes

Los adolescentes están enfrentando riesgos de violencia, embarazo precoz y VIH, abuso de sustancias, y otras fuentes que ponen en grave riesgo su futuro y, por ende, el nuestro.

Uno de los aspectos más sorprendentes de esta crisis es lo poco que hemos involucrado a los padres como parte de la solución, con frecuencia perdemos de vista a uno de los grupos que pueden y más quieren ayudar a los adolescentes: sus padres. Cada vez están menos disponibles para sus hijos ya que trabajan cada vez más tiempo.

Como sociedad, tememos a los adolescentes, pero también tememos por ellos. Nos asusta su imprudencia, descortesía e inexperiencia, a la vez que y tememos por su seguridad, su futuro y hasta por sus vidas.

Tenemos una imagen negativa, estereotipada e injusta de los adolescentes, pero también muchas razones para temer por ellos. Cabe destacar que, la adolescencia no sólo es una etapa de riesgo sino también de oportunidades Los medios como la cultura están transmitiendo imágenes negativas de la relación padre-adolescente; también están transmitiendo una imagen fuertemente negativa de los propios adolescentes y también de sus padres, debilitando aún más la moral de los padres y disminuyendo los incentivos de los medios para mostrar información adolescente.

Por eso el objetivo es: despertar conciencia sobre la importancia del papel de los padres durante la adolescencia, cambiar las percepciones negativas sobre los padres y la adolescencia y suministrar herramientas para educar adolescentes saludables.

Puntos salientes del tema:

La importancia de la familia: la familia como sistema que debe madurar y ejercer su función pontífice.

• Las 10 tareas de los adolescentes: una lista de las tareas de desarrollo que los adolescentes deben emprender de manera tal de lograr una exitosa transición a la adultez.

• Los cinco conceptos básicos para ser padres de adolescentes: un esbozo de las principales maneras en que los padres pueden influir saludablemente en el desarrollo adolescente.

• Estrategias para los padres: una serie de opciones para llevar a cabo los cinco consejos básicos.

• Mensajes claves para los padres: una o dos oraciones que capturan la idea central para cada uno de los cinco consejos básicos.

LA FAMILIA

La familia es la matriz de fortaleza para el crecimiento de la persona, pero cuando llegamos a la adolescencia nos preguntamos si es así porque los padres tememos a esa etapa de la vida, vemos más los aspectos negativos que los positivos. Sin embargo es la etapa donde se sigue fraguando la personalidad, por lo tanto debemos seguir con una presencia efectiva y afectiva en el desarrollo de nuestros hijos. Calidad y cantidad de tiempo.

La FAMILIA es un sistema dinámico en interacción dialógica, que pretende o debe pretender, ayudar al individuo a desarrollar una presencia afectiva y efectivamente responsable y libre en el mundo. Por eso decimos famulus porque está al servicio del crecimiento y de allí su función pontifica, es decir somos puente entre el individuo, su desarrollo personal, y su inserción y realización social : ser él mismo (identidad) y ser con otros.

Entonces la familia como un sistema dinámico pretende: conducir, educar y hacer crecer a sus integrantes, y si logra esto estamos hablando de un sistema familiar maduro. De lo contrario, un sistema familiar inmaduro se caracteriza por retener, someter y domestica a sus miembros.

En una familia coinciden diversas etapas de la vida personal y de la vida familiar lo que va marcando la historia común. En la adolescencia, también la familia se vuelve ambivalente como el hijo, por eso los padres no podemos dejar de ser firmes sino entramos a situaciones de inestabilidad. Se refuerza la identidad y se comienza en un compartir distinto..

Ahora miremos al adolescente.

DIEZ TAREAS DEL ADOLESCENTE

Los adolescentes deben adaptarse a un cuerpo que duplica su tamaño y adquiere características sexuales; aprender a manejar los cambios biológicos y los sentimientos sexuales que los acompañan. Su tarea también incluye establecer una identidad sexual y desarrollar habilidades para las relaciones personales y románticas.

Los jóvenes suelen atravesar cambios profundos en su forma de pensar durante la adolescencia, lo que les permite comprender y coordinar ideas abstractas más efectivamente, pensar en distintas posibilidades, ensayar hipótesis, pensar en el futuro, pensar sobre el pensamiento y construir criterios y convicciones para la vida.

Los adolescentes adquieren una nueva y potente habilidad para comprender las relaciones humanas, en las que, una vez que aprenden a “ponerse en el lugar de otra persona”, aprenden a tener en cuenta sus propias perspectivas y las de los demás simultáneamente, y a usar esta nueva capacidad para resolver conflictos y problemas en las relaciones.

En relación con todos estos cambios notables, los adolescentes adquieren nuevas habilidades para pensar y planificar el futuro, para utilizar nuevas estrategias en la toma de decisiones, solución de problemas y resolución de conflictos y para moderar los riesgos que toman, y así alcanzar sus metas en lugar de ponerlas en peligro.

Los adolescentes típicamente desarrollan un entendimiento más complejo del comportamiento moral y los principios subyacentes de justicia y afecto, cuestionando creencias de la infancia y adoptando valores, visiones religiosas personalmente más significativos para guiar sus decisiones y comportamientos.

Con relación a estos cambios, los adolescentes tienden a adquirir la habilidad de identificar y comunicar emociones más complejas, comprender las emociones de otros de maneras más sofisticadas y pensar acerca de las emociones de manera abstracta.

Si bien los jóvenes típicamente tienen amigos durante toda la infancia, los adolescentes suelen desarrollar relaciones de pares que juegan un papel mucho más importante para brindar apoyo y conexión en su vida. Tienden a pasar de amistades basadas en gran medida en compartir actividades e intereses a otras basadas en compartir ideas y sentimientos, con el consiguiente desarrollo de confianza y entendimiento mutuo.

Hasta cierto punto, la formación de la identidad es un proceso que dura toda la vida, pero los aspectos cruciales de la identidad se forjan típicamente durante la adolescencia, incluyendo el desarrollo de una identidad que refleja un sentido de individualidad y la conexión con personas y grupos valorados. Otra parte de esta tarea es desarrollar una identidad positiva con respecto al sexo, los atributos físicos, las capacidades y sus limitaciones.

Los adolescentes gradualmente adoptan los papeles que se esperará de ellos durante la adultez, aprendiendo a adquirir las habilidades y manejar las múltiples demandas que les permitirán moverse en el mercado laboral y satisfacer las expectativas en cuanto a su compromiso con la familia, la comunidad y la ciudadanía. Así irá construyendo su proyecto de vida.

Si bien algunas veces la tarea de los adolescentes ha sido descrita como “separarse” de los padres, se la considera ahora más como una tarea conjunta de adultos y adolescentes para negociar un cambio que establezca un equilibrio entre la autonomía y una conexión continua en cada familia.

Cinco conceptos básicos para ser padres de adolescentes*

1. Amor y conexión

Los adolescentes necesitan que sus padres desarrollen y mantengan una relación que les ofrezca apoyo y aceptación, mientras acomodan y afirman su creciente madurez.

No dejar pasar el momento en que sienta y pueda expresar afecto genuino, respeto y apreciación por su hijo/a adolescente.

Reconocer los buenos momentos que la personalidad y el crecimiento de su hijo/a adolescente hacen posibles.

Esperar mayores críticas y debate, y fortalecer las habilidades para discutir ideas, desacuerdos, de manera tal de respetar las propias opiniones y las de su adolescente.

Pasar tiempo escuchando los pensamientos y sentimientos de su hijo/a adolescente en relación a sus temores, preocupaciones, intereses, ideas, perspectivas, actividades, trabajos,  tarea escolar y relaciones.

Apreciar y reconocer las nuevas áreas de interés, las habilidades, las fortalezas, y logros de cada adolescente, así como los aspectos positivos de la adolescencia en general, tales como la pasión, la vitalidad, el humor, y la profundización del pensamiento intelectual.

Adjudicar roles significativos a su adolescente dentro de la familia, que sean realmente útiles e importantes para el bienestar de todos.

Pasar tiempo juntos individualmente y como familia, continuando algunas rutinas familiares, pero también aprovechando la forma en que nuevas actividades, tal como el voluntariado en la comunidad, pueden ofrecer nuevas formas de conexión.

Mensaje clave para los padres:

Gran parte del mundo de los adolescentes cambia a diario; no deje que su amor por ellos lo haga

2. Controlar y observar

Los adolescentes necesitan que los padres estén al tanto—y les demuestren que lo están—de sus actividades, incluyendo el desempeño escolar, experiencias laborales, actividades extraescolares, relación con sus pares y con los adultos, y la recreación, a través de un proceso que, de manera creciente, involucre una menor supervisión directa y una mayor comunicación, observación y trabajo en conjunto con otros adultos.as padres

Saber dónde está su hijo/a y conocer sus actividades, directa o indirectamente, escuchando,

observando y trabajando en conjunto con otros que tengan contacto con su adolescente.

Mantener contacto con otros adultos que puedan y quieran mostrarle tendencias positivas o negativas de las conductas de su hijo/a adolescente; por ejemplo, vecinos, familiares, religiosos,  maestros y otros padres.

Participar en eventos escolares tales como charlas entre padres y maestros, reuniones de información general en la escuela, y reuniones del club…

Mantenerse informado sobre los progresos de su hijo/a adolescente en la escuela y en el trabajo, así como sobre el grado y la naturaleza de sus actividades extraescolares; conocer a sus amigos y conocidos.

Estar atento y reconocer señales de  alarma En cuanto a la alteración de la salud mental o física, así como falta de motivación, pérdida de peso, problemas para dormir o comer, disminución del rendimiento escolar y/o absentismo escolar, uso de drogas, separación de sus amigos y abandono de actividades, heridas sin explicación, conflictos serios y persistentes del adolescente con sus padres o altos niveles de ansiedad o culpa.

Pedir consejo si existe preocupación por estos signos de alarma o cualquier otro aspecto de la salud o comportamiento de sus hijos; consultar con maestros, psicólogos, religiosos, médicos, personas mayores de la familia, otros.

Vigilar las experiencias de su hijo/a adolescente en ámbitos y con relaciones dentro y fuera del hogar que contenga un potencial abuso físico y emocional.

Evaluar el grado de desafío de las actividades propuestas para los adolescentes, tales como eventos sociales, exposición a los medios y empleos, equilibrando estos desafíos con las habilidades que tenga su hijo/a adolescente para manejarlos.

Mensaje clave para los padres: Vigile la actividad de sus hijos/as; usted todavía puede, y sigue teniendo influencia sobre ellos

3. Guiar y limitar

Los adolescentes necesitan que sus padres sostengan una serie de límites claros pero progresivos, manteniendo las reglas y los valores familiares importantes, sin dejar de estimular una mayor capacidad y madurez.

Mantener las reglas familiares o “reglas de la casa”, sosteniendo algunas reglas no negociables, en relación a temas como la seguridad y los valores familiares principales, y negociando otras, en relación a temas como las tareas domésticas y los horarios.

Comunicar expectativas que sean importantes, pero realistas.

Elegir los campos de batalla e ignorar temas menores frente a los más importantes, tales como alcohol, desempeño escolar y etc.

Utilizar la disciplina como herramienta para enseñar, no como desahogo o venganza.

Restringir los castigos a formas que no provoquen daño físico ni emocional, sino el entender el mal que hice y el bien que dejé de hacer, analizar las consecuencias de mis actos y repara con acciones.

Renegociar responsabilidades y privilegios en respuesta a las cambiantes habilidades del

adolescente, haciéndolo responsable bajo un monitoreo apropiado.

Mensaje clave para padres:

Dé más libertad a sus hijos/as, pero no los suelte

4. Dar ejemplo y consultar

Los adolescentes necesitan que los padres les suministren información permanente y apoyen su toma de decisiones, valores, habilidades y metas, y que los ayuden a interpretar y transitar por el mundo, enseñándoles con el ejemplo y el diálogo continuo.s para padres

Dar un buen ejemplo en relación con la exposición a riesgos, hábitos de salud y control emocional.

Expresar posiciones personales con respecto a temas sociales, políticos, morales y espirituales.

Modelar el tipo de relaciones adultas que le gustaría que su hijo tuviera.

Responder a las preguntas de los adolescentes con la verdad, teniendo en cuenta su nivel de madurez.

Mantener o establecer tradiciones que incluyan a la familia, la cultura y a su fe.

Apoyar la educación del  adolescente y su entrenamiento vocacional, incluyendo la participación en actividades del hogar; actividades al aire libre y tareas que desarrollen sus habilidades, intereses y sentido de valor hacia la familia y la comunidad.

Ayudar a los adolescentes a obtener información sobre opciones y estrategias futuras para su educación y opciones de vida.

Dar oportunidades a los adolescentes para practicar el razonamiento y la toma de decisiones, haciéndoles preguntas que los estimulen a pensar lógicamente y a considerar las consecuencias, ofreciéndoles, al mismo tiempo, oportunidades sin riesgos para que pongan a prueba sus propias ideas y aprendan de sus errores.

Mensaje clave para padres:

Durante la adolescencia, los padres siguen siendo claves y los adolescentes lo reconocen

5. Proveer y abogar

Los adolescentes necesitan que los padres les aporten no solo una adecuada alimentación, vestimenta, techo y cuidados de salud, sino también un ambiente familiar que dé apoyo y una red de adultos que se preocupe por ellos.  padres

Establecer una red dentro de la familia ampliada, que pueda brindar una relación positiva con los adultos y los pares, que aconsejen,  capaciten y ofrezcan actividades para su hijo/a adolescente.

Tomar decisiones informadas para optimizar el estilo de aprendizaje de su hijo/a adolescente y promover su compromiso hacia la comunidad para afrontar los desafíos sociales y personales

Identificar personas que nos pueden ayudar a la educación.

Mensaje clave para padres:

Usted no puede controlar el mundo en que viven los adolescentes, pero sí puede aportar ayuda y disminuir riesgos

OTRO LIBRO CONVIVIR ADOLESCENTES

FAMILA: AMBITO ESTABLE DE PERTENENCIA

La familia, como todos sabemos, constituye la piedra de toque de la educación. Desde los primeros  momentos de vida del niño, el entorno familiar influye de manera incesante en el desarrollo de su personalidad, así como en la formación de actitudes y valores. Nos guste o no, los padres constituimos el principal anclaje de nuestros hijos en la sociedad, de tal modo que el comportamiento que estos chicos, futuros hombres y mujeres, plasmarán en su entorno social, será producto en gran medida de lo que se les haya sabido inculcar en sus años de infancia y adolescencia.

“Para poder vivir y crecer con nuestros hijos, necesitamos primero, aprender a  vivir con nosotros mismos”

Antes de describir pautas para la relación con los hijos, es oportuno comprenderse a uno mismo en el rol de padre o educador. Algunos sentimientos frecuentes en los padres son los siguientes:

Miedos: “¿qué le pasará allí donde yo no puedo controlarle?” (sexo, drogas, violencia...).

Sentimientos de culpa: “no lo hice suficientemente bien”, ¿qué he hecho mal?

Sentimientos de inutilidad: “ya no nos necesitan como antes, ya no me cuenta sus cosas, ya no es mi bebé”.

Sentimientos de desesperación: “¿cuándo dejará de ser un crío y se comportará de forma responsable?”, “¡qué paciencia hay que tener!”, “¡no lo entiendo, no sé comunicarme con él!”.

Existen diferentes clasificaciones de padres en relación a sus hijos:

Los perfeccionistas, exigentes, rígidos (A)

Son aquellos padres que nunca tienen bastante, imponen normas rígidas e inflexibles a sus hijos sin dar lugar a la argumentación o a la manifestación de cualquier tipo de discrepancia.

Valoran por encima de todo el cumplimiento de las normas, creen que sus hijos deben obtener el mejor  rendimiento del que son capaces, aunque para ello deban sacrificar su tiempo de ocio y descanso.

Por lo general, son padres “evitadores”, no queriendo conocer en absoluto las consecuencias emocionales que sus exigencias producen en sus hijos. A este tipo de padres, les cuesta aceptar la crítica tanto de sus hijos como de sus iguales. Los hijos de padres rígidos y exigentes aprenden a ser dependientes, irresponsables y poco razonadores. No hacen las cosas por sus consecuencias positivas sino por evitar el castigo. Los padres viven a sus hijos como lucimiento personal.

Los culpabilizadores, chantajistas, manipuladores (B)

Algunos padres, cuando se sienten incapaces de conseguir que sus hijos realicen alguna conducta o se comporten como ellos desean, utilizan de forma recurrente el chantaje, el pequeño soborno, o incluso la culpabilización. En términos de eficacia, podríamos decir que recurrir a estas alternativas, por lo general “les funciona”; es decir, el niño suele realizar la conducta requerida por los padres, pero a nadie la pasará inadvertido el hecho de que tan importante como lo que uno hace, es el por qué lo hace, puesto que ese “por qué” va a determinar en gran medida comportamientos futuros que contribuirán a la estabilidad emocional. El niño que obedece a sus padres y ejecuta una conducta, que en última instancia ni siquiera entiende, por sentimientos de culpa o porque con ello conseguirá salirse con la suya en otro ámbito, no está aprendiendo, en ningún modo, el sentido del respeto. No se le ayuda así a descubrir el beneficio intrínseco ni el sentimiento de valía que implica realizar un trabajo bien hecho. Muy al contrario, cuando un padre se comunica con sus hijos en términos culpabilizadores, (“no quieres venir con nosotros de viaje porque ya no nos quieres, nos has abandonado por tus amigos…”), o en términos de chantaje y manipulación, (“si hoy eres bueno y no me molestas, mañana no vas a clase de inglés”). La manipulación del comportamiento de los hijos mediante el “chantaje emocional”, les transfiere un mensaje  erróneo y contradictorio: “si no me obedeces es porque no me quieres”, “me porto mejor con tu hermano porque no me hace sufrir tanto como tú”, dando lugar a la transmisión  implícita de que el cariño, y en general los sentimientos, son comerciables y que pueden  usarse como moneda de cambio para conseguir lo que uno quiere. Otra consecuencia  importante derivada de este estilo de comunicación, es la connotación moral que los hijos hacen de este hecho. Tal y como venimos diciendo, en la infancia y pre adolescencia, el  principal modelo de referencia para los hijos son los padres. Es de esperar, por tanto, que el niño que escucha a sus padres hablar en estos términos, entienda que son argumentos válidos y los incluya en su escala de valores dentro de la categoría de lo bueno y positivo. Por último, debemos tomar conciencia de que comentarios de este calibre dan lugar a una percepción absolutamente voluble de los sentimientos, sujetos a preferencias y caprichos, pudiendo cambiar de un día para otro, en función de cosas tan superfluas como hacer o no la cama, por ejemplo. Todas estas circunstancias hacen que se vaya desarrollando en el adolescente un gran sentimiento de falta de control. Como veremos más adelante, los hijos deben percibir los sentimientos de cariño provenientes de sus padres como algo sólido, estable e incondicional, requisito fundamental para que se sientan seguros y valorados. Como en cualquier estilo de padres, aquellos con tendencias culpabilizadoras y proclives al  chantaje, no sólo las  manifiestan en la relación con sus hijos, más bien suelen mantenerlas presentes en todos los ámbitos de su vida, en el trabajo, con los amigos, en la pareja, etc. Este hecho, sin duda, potencia aún más la transmisión de dicho estilo.

Los miedosos, protectores, alarmistas (C)

Cuando sentimos temor ante alguna situación, resulta difícil no transmitírselo a quienes más queremos. Esta dificultad suele acrecentarse cuando esas personas queridas son percibidas como responsabilidad absolutamente nuestra. Si a este hecho le añadimos sus pocos años, junto con la falta de experiencia que esto conlleva, podremos entender la imposibilidad de algunos padres para no caer en la sobreprotección y el alarmismo. El miedo se siente de una forma tan intensa que es casi como si lo estuviéramos viviendo en la propia piel. Es cierto que el miedo es un sentimiento fácil de transferir, pero eso no debe hacernos perder la objetividad de las situaciones. No hay nada de malo en que un padre se preocupe por la seguridad de sus hijos y les intente advertir sobre los posibles  peligros a los que pueden verse expuestos. El problema aparece cuando esa protección  empieza a convertirse en algo recurrente y desmedido, casi con tintes obsesivos, cuando los padres transfieren miedos desmesurados a situaciones o cosas que en términos reales no son en sí peligrosas. Resumiendo, la protección se trasforma en sobreprotección y la  preocupación lógica en alarmismo cuando los padres tienen la incapacidad emocional de afrontar hechos consumados como que los hijos se caigan de la bicicleta, se pongan enfermos o fumen a escondidas un cigarro. Las personas sobreprotectoras, tienden a legitimar sus  conductas amparándolas bajo el abrigo del cariño; “lo hago por tu bien”,  “algún día me lo agradecerás”, “si te pasara algo me moriría”, etc. Las consecuencias de estas actitudes temerosas, trasmitidas por lo general de abuelos a padres y de éstos a sus hijos, suelen tener experimentar, ponernos a prueba constantemente para comprobar lo que podemos hacer por nosotros mismos, y es así, enfrentándonos a situaciones nuevas, como vamos adquiriendo las estrategias necesarias para ir desenvolviéndonos en la vida. Si por exceso de protección privamos a nuestros hijos de enfrentarse a estos conflictos ordinarios, ante la inevitable aparición de éstos, probablemente se bloquearán o desarrollarán conductas de evitación (no afrontamiento de los problemas). Como resultado de esta concatenación de  sobreprotecciones tendremos a un adolescente al que no se le ha dado la oportunidad de comprobar su valía, hecho que, sin duda, repercutirá en la formación de su autoconcepto.

Los despreocupados, pasotas, permisivos, abandónicos (D)

Estos padres se caracterizan por la falta de proposición o de negociación de normas. Llegan a

concretar únicamente un mínimo que garantice la convivencia sin conflictos. A estos, no les suponen ningún problema los comportamientos inadaptados de los hijos, siempre que no alteren el orden de la convivencia, y en pocas ocasiones corrigen conductas. Su pasividad se  manifiesta no solamente en la ausencia de normas. Ofrecen un escaso soporte emocional y expresan de forma neutra sus emociones. Existe una falta de interés explícito por conocer los gustos y valores de sus hijos. Tienden a evitar, de esta manera, la espontaneidad de ideas o sentimientos así como los diálogos y conversaciones familiares, tan necesarios en la infancia y adolescencia para formar el autoconcepto y la valía personal. Estas actitudes en los padres, dan lugar a hijos egocéntricos y desobedientes. Propician niños caprichosos, a los que les  cuesta compartir con los demás sus cosas, puesto que nunca se les ha enseñado a hacerlo. Los adolescentes que crecen en este tipo de ambientes, lo hacen con sentimientos ambivalentes, que se debaten entre la sensación positiva de poder hacer lo que quieran y el sentimiento de falta de protección y cariño que genera el no tener límites a los que aferrarse. A veces ocurre que ante padres excesivamente permisivos los hijos suelen buscar sustitutos en amigos o hermanos mayores.

Los ambivalentes, inestables, cambiantes (E)

Este tipo de padres, son aquellos que, dependiendo de su estado de ánimo, fluctúan de la represión y el castigo al diálogo y la permisividad. No tienen un esquema mental claro de lo que quieren transmitir a sus hijos, por lo que se dejan llevar por el sentimiento del momento sin considerar las consecuencias que su comportamiento conllevará. Son padres que un día imponen una norma básica de comportamiento y al día siguiente no dan ninguna importancia al incumplimiento de ésta. Producen gran desconcierto en sus hijos por la variabilidad del nivel de exigencia hacia ellos. Propician inestabilidad emocional e inseguridad y dificultan el proceso del conocimiento de sí mismos, quedando muy poco definidos los límites, normas y sobre todo lo que se espera de ellos. Por lo general, los hijos no suelen tomar en serio a este estilo de padres, por lo que ni son temidos sus castigos ni valorados sus elogios. Los hijos educados en este entorno crecen inseguros, puesto que al no tener como modelo referente una conducta estable, no crean hábitos de comportamiento, ni esquemas mentales precisos ni conocimiento de las expectativas de los padres hacia ellos.

Los equitativos, democráticos y firmes (F)

Por lo general, estos padres intentan pedir a sus hijos en función de las posibilidades que perciben en ellos. A la hora de implantar normas y límites, están abiertos a negociaciones y contra argumentaciones. Son flexibles e intentan tener en cuenta intereses, opiniones y necesidades de sus hijos. Potencian en ellos el sentido crítico, el espíritu de colaboración y la lógica de la argumentación. Su educación en el valor de la autonomía les genera actitudes y comportamientos de responsabilidad y esfuerzo. No huyen de las situaciones conflictivas, sino que las afrontan desde el diálogo y la comunicación asertiva. Inculcan a sus hijos la importancia de respetar opiniones contrarias a las propias. Suelen ser padres con alto grado de control emocional, teniendo facilidad para expresar adecuadamente sus emociones.

Son poco proteccionistas y animan a sus hijos a afrontar sus problemas de forma autónoma, y están disponibles por si los necesitan. Las normas o límites que son innegociables, no son impuestas “porque sí” o “porque no”, sino que se argumenta y razona la importancia de su cumplimiento. Los hijos de padres democráticos reciben un modelo de conducta equilibrado y justo, lo cual les otorga seguridad y equilibrio emocional. El hecho de que estos padres pidan opinión a sus hijos y la valoren positivamente es de vital importancia, pues a través de la valoración de los padres, referentes para los hijos, es como estos aprenden a valorarse a sí

mismos, a quererse, a respetarse y hacerse respetar y en general a ir formando una sana autoestima. Otro legado importante de este tipo de padres es el ejemplo, a través de su propio comportamiento, del control de emociones. Saben encauzar esos primeros impulsos de rabia, agresividad o desesperanza que puede provocar el no conseguir lo que desean. Son padres que tratan de hacer entender a sus hijos que las cosas deben hacerse por el propio placer de hacerlas y que no surgen porque sí, sino como consecuencia de sus actos.

La falta de habilidades de comunicación es la principal causa de los problemas de las malas relaciones entre padres e hijos adolescentes.

La resolución de cualquier problema pasa necesariamente por una buena comunicación. Por eso, no es extraño que en las familias en las que el diálogo entre padres e hijos no fluye con natural libertad o incluso llega a ser inexistente, los problemas, por pequeños que sean, terminen magnificándose y creando situaciones difíciles. ¡En mi casa no nos entendemos!

¡Es como si mi hijo y yo no hablásemos el mismo idioma! ¡Cualquier conversación termina siempre en bronca! Expresiones como éstas, son manifestadas cotidianamente tanto por padres con hijos en la adolescencia como por hijos que están pasando por ella.

Reflexionemos un momento. Realmente ¿el problema está en la adolescencia? Porque si es así, la solución puede ser tan sencilla como esperar a que pase y se restablezca de nuevo la comunicación. Evidentemente no es tan sencillo. La falta de habilidades de comunicación es la principal causa de las malas relaciones entre padres e hijos.

¿Por qué no me lo cuentan? principales causas por las que los adolescentes no hablan con sus padres

Existen numerosas causas por las que los adolescentes experimentan dificultad a la hora de entablar una comunicación saludable con sus padres.

Un padre es competente en la comunicación con su hijo cuando:

Consigue fomentar su autoestima a través del diálogo, mostrando interés por sus preocupaciones y necesidades.

Escucha atentamente el significado que éste da a sus vivencias sin intentar confrontarlo con el suyo.

Acepta sus discrepancias en formas de sentir y entender los acontecimientos cotidianos sin juzgarle o inhibirle.

Aporta un espacio privado para compartir sentimientos, opiniones  o dudas.

Afronta situaciones conflictivas sin agresividad, fomentando actitudes de serenidad y respeto.

En definitiva, un buen entendimiento debe pasar por el entrenamiento de algunas habilidades básicas de comunicación. A continuación vamos a desarrollar estas habilidades teniendo en cuenta en cada una de ellas dos aspectos:

Uno personal, como adulto comprometido consigo mismo y con su entorno, que busca su

crecimiento psíquico, afectivo y social.  Otro como mediador, responsable de la educación de un menor, hijo o alumno, al que intenta ayudar en el desarrollo de su personalidad, enseñándole a expresar sus sentimientos y a comprender los de los demás.

Una buena escucha vale más que mil palabras

Lo miremos por donde lo miremos, escuchar a nuestros hijos adolescentes trae consigo un amplio catálogo de ventajas.

Ventajas de la escucha para los adolescentes: Se sienten valorados y entendidos por los adultos.

Se sienten más seguros a la hora de expresar opiniones e ideas personales.

El interés percibido les hace ser más comunicativos y contar aquello que en otras circunstancias no hubieran   contado. Aprenden a escuchar a los demás y a comprender el beneficioso efecto que produce ser escuchados.

Aprenden a respetar las opiniones ajenas y a controlar la impulsividad de manifestar las propias. Fomentan el desarrollo de su atención y comprensión significativa, evitando la superficialidad y la proyección de prejuicios que conlleva la falta de información.

Ventajas de una buena escucha para los adultos: Nos ayuda a acercarnos a nuestros hijos y a conocerlos mejor, saber lo que sienten, piensan, etc. Con nuestro ejemplo, enseñamos a los adolescentes la habilidad de escuchar al otro. Escucharles sin juzgar facilita que el adolescente se abra y revele más información. Favorecemos que nuestros hijos nos escuchen porque se sienten escuchados.

¿Qué implica una buena escucha?

Lo primero que ha de tenerse en cuenta cuando nos ponemos a escuchar a un adolescente es precisamente eso: “que nos ponemos a escuchar” y no hacemos otra cosa que no sea eso. Es decir, no completamos la escucha leyendo el periódico, preparando la cena o viendo la televisión. Es cierto que muchas personas tienen la  capacidad de poder hacer varias cosas a la vez, como escuchar y leer, pero entendamos que centrarse sólo en la escucha no se hace por falta de habilidad, sino por respeto al otro. No olvidemos que tan importante como que yo escuche es que el otro se sienta escuchado. Otro aspecto importante es aquello que hacemos mientras  escuchamos.

Postura y mirada dirigidos a la persona que habla, expresión de la cara acorde con lo que nos está contando y asentimientos del tipo “ya”, “claro”, etc., son algunos de los aspectos formales de la escucha que nos pueden ayudar a enfatizar el mensaje de que estamos atentos y entendiendo lo que nos comunican. Por último y como colofón para dejar bien patente que se ha captado el mensaje con cada uno de sus detalles y puntos de atención, es importante devolver la información resumida, despojándola de prejuicios, interpretaciones o ironías y marcándola con nuestro acento personal de cercanía, entendimiento y comprensión.

La empatía; descubriendo los padres no debemos caer en el error de intentar hacernos los “coleguitas” de nuestros hijos utilizando su mismo vocabulario o intentando dar argumentaciones similares a las suyas. Empatizar no es eso, nuestro hijo no va a sentirse más entendido si usamos su lenguaje y sus razonamientos.

Todo lo contrario, el adolescente necesita constatar las diferencias entre él y sus padres y el hecho de hablarle de sentimientos cuando él no lo hace, de utilizar palabras cultas que ni siquiera tiene registradas, de argumentar posibilidades no percibidas por él, no sólo es bueno sino que además es educativo. 

Algunas claves para fomentar la empatía son las siguientes:

Ser un buen modelo: los hijos aprenden mucho mejor aquello que ven en los padres. Entienden mejor lo que ven que lo que escuchan. Si los padres expresan sus sentimientos de forma cotidiana entre ellos, con sus hijos, etc., es muy probable que el chico/la chica entienda de forma natural la comunicación de sus sentimientos.

Valorar sus opiniones y actitudes: cuando se comunica con el adolescente, es oportuno escuchar primero sus opiniones, respetarlas y valorarlas por ser de él, dejarle expresarse y asegurarse de haberle entendido. Aun no estando de acuerdo con sus ideas, es bueno evitar convencerle o demostrar superioridad. Así el adolescente entenderá la importancia de respetar opiniones distintas a las propias.

Ser honesto al expresar sentimientos: los mensajes que se mandan a los adolescentes deben ser congruentes con los comportamientos que manifestamos. Si se intenta educar a un hijo en la expresión de sentimientos, es importante compartir con él los propios, así como las  preocupaciones y alegrías. Evitar en todo momento juzgar las expresiones emocionales de los hijos es una buena pista para ayudarles. Esta actitud podría provocar vergüenza o rabia en el joven y promover comportamientos represivos.

Manifestar el bienestar por sentirse comprendido. Es importante que el adolescente entienda que su comportamiento sobre los otros tiene consecuencias positivas o negativas. Cuando se sienta escuchado y comprendido por su hijo es conveniente decírselo abiertamente, igual que cuando el comportamiento sea hiriente.

Ayudar a interpretar emociones. A menudo, la intensidad con la que viven los adolescentes sus emociones, les dificulta entender qué es lo que están sintiendo y por qué. Lo indicado es  ayudarle a interpretar sus sentimientos, a pensar y reflexionar juntos sobre qué le ha hecho sentirse así. Tomar conciencia sobre los propios sentimientos facilita entender cómo se sienten los demás ante circunstancias parecidas.

Con asertividad suena mejor

La sabiduría popular, casi siempre bastante certera, dispone de múltiples expresiones que claramente evidencian la enorme importancia que tiene la forma en que los seres humanos nos comunicamos: “mano de hierro con guante de terciopelo”, “se cazan más moscas con miel que con hiel”, “tan importante como lo que se dice es cómo se dice”, etc.

Asertividad es ese punto de inflexión entre hacer valer nuestros derechos y no herir a los demás, entre la agresividad y el callarse. Es decir bien las cosas para no provocar rechazo

Algunas claves para fomentar la empatía son las siguientes:

Di “no” sin ser agresivo, pero con firmeza. Evita titubear o mostrarte indeciso. Si lo haces, el adolescente pensará que no estás seguro de lo que estás diciendo y seguirá insistiendo: “Fernando, mañana no puedo acompañarte”.

Da tus razones de forma clara y concisa. No te pierdas en las explicaciones: “No puedo acompañarte, porque mañana es el único día que tengo para descansar y lo necesito”.

Habla en clave de sentimientos. Dile que entiendes cómo se debe sentir él ante la negativa, pero también expresa las razones emocionales que tienes tú para hacerlo: “Entiendo que puedas sentirte frustrado por no poder contar conmigo, pero me gustaría que comprendieras que necesito descansar después de una semana de duro trabajo”.

Busca con él otras alternativas que puedan solucionar su problema para que no crea que te desentiendes.

No te disculpes como si estuvieras haciendo algo malo. Entiende que decir “no” a tu hijo es un derecho que tiene todo padre. Si tu hijo intenta convencerte mediante el chantaje emocional, utiliza el disco rayado, es decir, repite una y otra vez las razones emocionales por las que dices “no” y hazle entender la diferencia entre un favor y una obligación.

 No intentes justificar y  racionalizar tu negativa inventando excusas falsas. Probablemente tu hijo se enterará y quedarás ante él como un farsante.

Es necesario que durante todo el proceso pienses lo importante que es para tu hijo aprender a aceptar el “no”, siempre que se le diga de forma razonada, con respeto y cariño.

 Si un adolescente no puede aceptar una negativa y necesita salirse siempre con su voluntad, no desarrollará su capacidad de frustración y tolerancia al fracaso, y reaccionará con violentas rabietas e histerismos propios de los niños más pequeños.

Recuerda: aceptar un “no” significa madurar.

Podemos entender por autoestima la capacidad que cada uno de nosotros tiene para  valorarse a sí mismo en distintos aspectos de su vida. La autoestima, como una dimensión

más de nuestra personalidad, tiene que ver con lo que sentimos, pensamos y manifestamos sobre nosotros mismos.  Los padres olvidan lo vulnerable que son los hijos a nuestras expresiones valoraciones y caemos en la tentación de etiquetarlos; “eres un

desastre”, “eres un vago”, etc. Según el llamado “efecto Pigmalión” cuando a una persona, especialmente si aún es un niño, le repites de forma continuada un calificativo, es muy probable, sobre todo si éste es peyorativo, que dicha persona termine comportándose

en consonancia con el calificativo recibido. Es decir, se termina creyendo que realmente es un “vago” y se comporta como tal.

 “La mayoría de los adolescentes se resisten a que se les ponga límites

a sus comportamientos pero al mismo tiempo los  necesitan.”

No es fácil fijar normas y límites cuando los hijos ya no son niños pequeños. La mayoría de los adolescentes se resisten a que se les ponga límites a sus comportamientos pero al mismo tiempo los necesitan.

Porqué son tan necesarios los límites y las normas

Los límites y normas son fundamentales para los adolescentes porque:

1 Aún no tienen competencias para responsabilizarse de todas sus acciones ni para ser totalmente independientes.

2 Los límites que marcan los padres otorgan al adolescente sentimiento de seguridad y protección.

3 Los límites marcados ayudan al menor a dar sentido a lo que esta dentro de ellos.

4 Los hijos necesitan saber que el cariño que los padres sienten por ellos requiere que les demanden determinadas actividades y les prohíban otras que pueden amenazar su salud o su seguridad. 5 Los adolescentes suelen tener                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

dificultades para regular sus emociones y sentimientos, lo que les

lleva a no controlar tampoco sus comportamientos. Las normas y los límites les ayudan a regular de forma externa lo que aún no pueden controlar internamente.

6 Mediante las normas los menores van creando sus propios referentes, y van adquiriendo unas pautas

de lo que es y no es válido, lo cual les ayudará a ir conformando su propia escala de valores.

7 Los límites y las normas ayudan a lograr una convivencia más organizada e inculcan sentido del respeto hacia los demás y hacia uno mismo. 8 Normas y límites preparan al adolescente

para la vida en una sociedad que se rige por restricciones y obligaciones que deberá cumplir

por el bien de todos. 9 Poner restricciones y límites al comportamiento de nuestros hijos,

les ayuda a generar de forma progresiva tolerancia a la frustración,

es decir, capacidad para poder asimilar el sentimiento de frustración que le provocará que no le salgan las cosas como le gustaría.

Cómo establecer normas de forma eficaz

Las normas y los límites familiares tienen diferentes repercusiones en los hijos dependiendo de la manera en que los padres los apliquen. Una misma norma será percibida por el  adolescente de un modo completamente distinto si es impuesta de forma autoritaria que si se establece democráticamente. Partiendo de la relevancia que tiene este hecho, n os  adentraremos de forma detallada en las ventajas que puede entrañar ejercer con nuestros hijos una disciplina adaptada a cada uno de ellos. Algunas pautas para establecer normas son:

1 La asunción de responsabilidades debe ser una tarea sencilla, empezando por conductas  fáciles de llevar a cabo, para que el adolescente se sienta capaz de realizarlas y esto le motive a ir adquiriéndolas cada vez mayores. 2 Estimular más la intención que la perfección, en un principio, para evitar en la medida de lo posible la expectativa de fracaso. 3 Proporcionar                                                                                                                                                                           privilegios y elogios por llevar a cabo estas conductas. Premiar la conducta adecuada. Aprovechar también para enseñarle, como antes mencionábamos, a postergar el refuerzo

-recompensa-. 4 No esperar a que salga de ellos; dar instrucciones concretas de lo que tienen que hacer, marcarles tiempos razonables. 5 Plantearle “cuando hayas hecho... entonces podrás...” y ser firmes; no anticipar nunca los privilegios. Tampoco levantarle un castigo  orque “nos da pena” o “nos hemos pasado con el castigo”. Antes de castigar debemos

pensar si ese castigo es proporcionado o no.

6 Potenciar el aprendizaje de la autonomía: estudiar solo, hacer determinados recados solo, que aprenda que no puede conseguir lo que quiere, enseñarle a resolver los contratiempos pero no resolverlos por él, no hacer por él lo que él pueda hacer por sí mismo, etc.

La necesidad de educar en los límites y las normas. La flexibilidad de las normas

No todas las normas que se establecen con los hijos son igualmente importantes. Existen algunas que aun siendo deseables, en momentos puntuales y bajo circunstancias concretas pueden ser “manejadas” con cierta flexibilidad. Pretender dar el mismo rigor a todas las normas que se instauran con los hijos es, en términos generales, no hacer un buen uso de ellas, pues dar márgenes de acción ante determinados comportamientos, ayuda al menor a

aprender a discriminar y a entender que cuando sus padres son rígidos en el cumplimiento de una norma concreta es porque realmente es importante por las repercusiones que pueda tener en él. Suelen establecerse tres grupos de normas:

Fundamentales: son obligatorias. Responden a valores básicos. Es necesario que sean pocas y claras. No son negociables. Ejemplo: no consentir la agresión física o verbal a alguna persona.

Importantes: Están relacionadas con los hábitos, pautas de comportamiento, vestido, horarios, alimentación, estudio, orden, higiene... Podemos tener cierta flexibilidad según las situaciones,  por lo  que son negociables. Deben ser pocas y claras. Ejemplo: En general no sale entre  emana por estudios pero el día del cumpleaños de su mejor amigo le dejo salir. Accesorias: Son más numerosas y aunque son importantes no son esenciales para la convivencia familiar. Es necesario que se cumplan pero aquí la flexibilidad es mayor. Son las más negociables. Ejemplo: que el adolescente se organice por su cuenta para tener su habitación recogida.

Los hijos adolescentes, en general, deben participar en la norma. Esto facilita que la asuman como propia. Nunca deben convertirse en normas las cuestiones de gustos, opiniones o  ntereses personales.

Es posible que a usted pueda horrorizarle el aspecto “estético” elegido por su hijo adolescente pero este hecho salvo “el mal rato que pasemos cuando bajemos con los vecinos en el  ascensor” posiblemente no tendrá repercusiones trágicas para su futuro. Démosle, por tanto, la importancia que realmente tiene. Los padres tienen que mostrar con su comportamiento, es decir, siendo buenos modelos, lo que pretenden de sus hijos. No es honesto exigir a los hijos cosas que nosotros mismos no somos capaces de cumplir. El problema del castigo     En los últimos años se ha creado cierta discrepancia en torno a la eficacia del castigo. ¿Es adecuado aplicar un castigo a nuestros hijos cuando se portan mal? Pues aunque la polémica está servida, nuestra opinión, igual que la de otros muchos autores, es que un castigo puede tener  cierto grado de eficacia si se usa de forma correcta. El problema reside en que pocas veces se consigue aplicar de esta manera. Por lo general, se suele emplear a destiempo, con cierta indiferencia a saber si ha sido  comprendido o no por parte del que lo sufre, y por si fuera poco, con una dureza que, en la mayoría de los casos, excede en gran medida la magnitud del agravio. Si su hijo ha estado llegando tarde durante meses y usted se lo ha permitido, no sería justo hacerle “pagar” por sus meses de desobediencia consentida un día que por determinado motivo le contesta mal. El castigo no debe tener “carácter retroactivo” ni ser usado como venganza. Cuando se hace un mal uso del castigo, éste puede servir incluso para incrementar  las consecuencias no deseadas en lugar de estimular las deseables. El castigo excesivo, en  último  término, podría servir para adiestrar comportamientos, (“recojo la ropa para que mi padre no me pegue” pero no para educar: “recojo la ropa porque es mi responsabilidad”.

Cuando el adolescente recibe un castigo excesivo, en lugar de lamentar su mala conducta y tomar conciencia de las malas consecuencias que ha traído su comportamiento, se llena de rencor, agresividad y fantasías de venganza hacia el que le ha impuesto el castigo; porque al percibir tan desproporcionadas las consecuencias de su comportamiento, se instala en el rol de víctima y considera que están cometiendo con él una injusticia. Concretando, el mal uso o el abuso del castigo provoca en el menor un efecto contrario al deseado, porque le priva  delimportante proceso           interno de enfrentarse a sus propios errores.

¿Cómo aplicar el castigo para que sea efectivo? Sea cualquiera el castigo a utilizar, deben seguirse una serie                                                                                                                                                                                reglas o principios para que sea efectivo (Moles, 1994). Estas son: 1 Debe informarse al menor de cuál o cuales van a ser específicamente las conductas a castigarse. 2 Debe igualmente informársele de cuál será el castigo a la conducta en cuestión. 3 Una vez cumplidos los puntos  anteriores, se ofrecerá el castigo en la primera oportunidad que el niño-adolescente emita la conducta y cada vez que lo haga. Esto implica que se debe castigar siempre y no a veces.

La necesidad de educar en los límites y las normas.

4 El castigo debe ser contingente a la conducta y, por lo tanto, al igual que el reforzamiento, debe tener una latencia corta. Es decir, la aplicación del castigo debe ser lo más próximo posible (en tiempo) a la emisión de la conducta en cuestión. 5 El castigo debe ser siempre de

la misma intensidad y no depender del estado emocional de quien lo aplica. 6 Al igual que con  os refuerzos,    no se debe generalizar el castigo. Debe ser individualizado y dependerá de las características de cada sujeto.

Cómo conseguir cambios de conducta en adolescentes.

Son muchas las preguntas que se hacen los padres de adolescentes interesados en cómo cambiar el comportamiento de sus hijos de manera permanente. Cansados de comprobar una y otra vez cómo las charlas, sermones y reprimendas no surten en éstos el efecto esperable, buscan con cierto grado de desconfianza “algún otro método que sea eficaz”. Como  acostumbramos a responder las personas que trabajamos con adolescentes, para bien o para mal, no existen recetas para educar a los hijos. Lo que por suerte sí existe son algunos métodos que, cuando son llevados a cabo con rigor y persistencia, pueden llegar a ser bastante eficaces.

Nos estamos refiriendo a métodos de cambios de conductas como la negociación, el contrato, la economía de puntos, enseñar a pensar, etc. Estas “formas” de trabajar los comportamientos consiguen generalmente fomentar la repetición de conductas positivas: recoger la habitación, respetar un horario de llegada, incrementar el tiempo de estudios; o bien inhibir otras   negativas: no pelearse con sus hermanos, no fumar en casa, etc.

Es importante, no obstante, complementar el método utilizado con argumentaciones lógicas sobre por qué consideran los padres que es necesario producir o inhibir determinados comportamientos.

Métodos para modificar conductas sencillas

A continuación presentamos cada uno de estos métodos con algunas sugerencias para lograr su mayor eficacia.

Negociaciones

La negociación es la estrategia estrella con los adolescentes. Les ayuda a ser partícipes en la solución de los conflictos y les enseña un modelo de diálogo y cooperación, de reflexión y de aprender que las cosas que desean tienen un coste que hay que asumir. Para negociar, es importante: 1 Establecer un diálogo entre las dos partes donde expongan sus intereses y motivos, los pros y los contras.

2 Usar estrategias de comunicación: escucha, empatía, refuerzo y lenguaje.

3 Buscar alternativas que satisfagan a las dos partes. “La negociación es la estrategia estrella con los adolescentes”

El contrato

Cumple las mismas funciones que el sistema de puntos pero se trata de una estrategia distinta. También se usa con frecuencia para cambiar conductas inadecuadas como contestar a los padres incorrectamente, faltar el respeto a los padres o hermanos, no cuidar las cosas ajenas...

Se establece un diálogo con el adolescente donde puede participar dando su opinión y donde los  padres no deben mostrar actitudes de exigencia o presión. Se trata de llegar a la  conclusión de que la convivencia implica ceder en algunos aspectos y cumplir determinadas normas. Por ello, se hará un listado de las cosas que molestan a los padres de su hijo y un listado de lo que molesta al hijo de los padres. A partir de ahí se elegirán pocos objetivos (fáciles de asumir y coherentes con lo que queremos enseñar al hijo): Lo que los padres cambiarán y lo que los hijos cambiarán. Y se establece una penalización para cada parte por el incumplimiento del contrato. Penalización acordada por ambas partes.

Resolución de problemas; enseñando a pensar

Enseñarles a pensar es fundamental para que aprendan a defenderse solos, a decir no a determinadas situaciones de riesgo, a tomar decisiones positivas, a enfrentarse a las dificultades... Pasos a seguir a la hora de establecer un diálogo:

1 Preguntas encaminadas a recoger información sobre el suceso, la tarea, la situación.

¿Qué ocurrió? ¿Qué hiciste tú?  ¿Cuál es la situación que has de enfrentar...?

¿Quiénes estaban allí cuando...? ¿Dónde...?

2 Preguntas encaminadas a plantearse las consecuencias de la conducta propia o de otros.

¿Qué pasó cuando tú...? ¿Si haces....qué crees que pasaría? ¿Y si no lo haces? ¿Cuáles son las ventajas o los inconvenientes de...?

3 Preguntas orientadas a identificar objetivos, necesidades, deseos, intereses.

¿Por qué? ¿Qué pretendes? ¿Para qué? ¿Qué te interesa conseguir? ¿Qué te interesa de modo inmediato? ¿Y a largo plazo?

4 Preguntas orientadas a identificar las reglas de una situación y valorar la validez de los objetivos. A tu juicio, ¿qué debería hacerse en...? ¿Para lograr... qué crees más  apropiado hacer? ¿Por qué?

5 Preguntas orientadas a identificar incoherencias o contradicciones entre actuaciones y objetivos o entre objetivos entre sí. Tú pretendes... ¿Haciendo... o diciendo... lo lograrás?

6 Cuestiones para desmontar etiquetas y prejuicios. ¿Qué quiere decir eso? ¿Me pones un ejemplo? ¿Es siempre así? ¿No hay excepciones?

Sistema de incentivos por puntos o fichas

Es un procedimiento para conseguir instaurar y mantener determinadas conductas que facilitan la asunción de responsabilidades. Es una estrategia adecuada si queremos que el adolescente aprenda a demorar las recompensas de sus actos y a comprender que los objetivos se consiguen con constancia y persistencia. Puede ser útil para facilitar el hábito de estudio,  el cuidado de su habitación, la colaboración en las tareas de casa...

La técnica consiste en reforzar comportamientos o aproximaciones a los mismos mediante tarjetas canjeables por puntos que a su vez son canjeables por privilegios. Pueden ser puntos que se van acumulando y que el adolescente tiene en un corcho que ve a diario por el cumplimiento de una serie de conductas prefijadas. O puede usarse también un sistema de gráficos donde se vean reflejados los progresos o retrocesos, etc. El incumplimiento puede ser penalizado eliminando puntos conseguidos aunque al principio conviene que no sea así, especialmente en personas poco motivadas y con tendencia a obtener inmediatamente los beneficios. Las conductas deben ser específicas y muy concretas. Empezar primero por una o dos conductas e ir aumentando en la medida que se consiguen objetivos. Los privilegios a canjear por los puntos se deben establecer previamente, así como la cantidad de puntos necesaria para obtener los mismos.

A modo de conclusión

Nos gustaría tener hijos buenos, buenísimos; listos, listísimos. Que no nos dieran problemas, que no nos retaran ni pusieran a prueba nuestra paciencia, que no nos hicieran tener la sensación de que “sobrevivir” a su adolescencia ya es suficiente. Sin embargo, la adolescencia, como todo momento de la vida, es una oportunidad para crecer. No sólo el adolescente, sino también los padres y educadores, que podemos ver en ellos reclamos a nuestra humanidad, a nuestra capacidad de escuchar y comprender, de caer y levantarnos, de confrontar y caminar juntos.

El Papa Francisco nos invita a ser custodios de la creación, custodios de nuestros hijos, cuidarnos el uno al otro. “La misión del padre en la familia es representar a Dios Padre. Dios es padre. El padre cuida, el padre alimenta, el padre se preocupa, el padre trabaja, el padre está presente”.

•             Algunos problemas de comunicación que pueden surgir entre padres e hijos

Ordenando, dirigiendo, mandando. “No me importa lo que quieras hacer, entra a la casa en este instante“, “deja de molestar”, “no toques”, etc. Todos estos tipos de mensajes dicen a los hijos que sus sentimientos o necesidades no son importantes, no valen y que se deben conformar.

Producen temor, resentimiento, hostilidad.

Advirtiendo, amonestando, amenazando. “Si haces eso te pasará...”, “si no dejas de jugar a eso te pegaré”, etc. Estos mensajes pueden hacer que el hijo sienta miedo y se someta, pero también invitan a hacerlo para tantear a sus padres, si son capaces de cumplir las amenazas.

Exhortando, moralizando, sermoneando. “Deberías”, “tendrías”, etc. Tales mensajes hacen que se practique en el hijo el poder de la autoridad, del deber, de la obligación y éste puede responder con resistencia, defendiendo su postura con terquedad. Además, el hijo piensa que su padre no confía en él, provocando sentimientos de culpa.

Aconsejando, proporcionando sugerencias o soluciones. “Tu madre y yo sabemos qué es lo mejor para ti”. Estos mensajes con frecuencia hacen que el hijo piense que el padre no tiene confianza en el juicio o capacidad de él, puede ocasionar dependencia, o resistencia a todo lo que sus padres le digan.

Juzgando, criticando, culpando. “Es que tú tienes la culpa; si hubieras...” Estos mensajes son sumamente graves, hacen que los hijos se sientan inferiores, estúpidos, sin ningún valor, malos, baja su propia estima etc. (“escuché tantas veces que era malo, que lo empecé a creer”, “si se lo digo me criticará”). Además, siempre se pondrán a la defensiva para protegerse, sentirán que no son amados, y llegarán a sentir odio por sus padres.

Poniendo apodos, ridiculizando, avergonzando. “¡Mira qué sombras te pusiste en los ojos, te ves ridícula, pareces vampiro... o mujer de la calle!”, “¡Pareces vieja con esa greñas!”, etc. Dichos mensajes pueden tener un efecto devastador en la imagen que tiene de sí mismo

Elogiando, estando de acuerdo en todo. Contrario a lo que se puede suponer acerca de lo elogios, cuando éstos son excesivos o no muy sinceros, pueden tener efectos negativos, sobre todo cuando el hijo no está muy de acuerdo con la idea que tiene de sí mismo, puede originar hostilidad. “no soy bonita, soy horrible”, “no jugué bien, fui un tonto”, etc.. El hijo piensa que se le quiere manipular, para que haga lo que sus padres quieren “sólo lo dices para que estudie más”. Además, en ocasiones se sienten avergonzados, incómodos, especialmente cuando están con sus amigos “¡Oh, papá, eso no es verdad!”. Por el otro lado pueden llegar a ser egoístas, soberbios, ególatras.

12. Algunas respuestas de los padres es “la solución total a esos problemas es actuar de forma X”, olvidándose que los tiempos cambian y muchas veces nuestra experiencia de adolescentes no se aplica en la actualidad.Recuerde no minimizar sus sensaciones.Diciéndoles que sus problemas no son nada en comparación con los suyos, solo reafirmara en ellos la creencia de que usted no tiene ningún deseo de entender sus vidas.Deles la oportunidad de hablar libremente.Demuéstreles que pueden sentirse libres para decirles cuales son sus ideas y pensamientos con respecto a todo.12

•             13. Hágalo sentir cómodo.Hágale ver al adolescente que cada charla que deba tener con usted no tiene por que ser una dura e importante prueba.Sepa admitir que se equivoco.Como padres queremos y creemos tener siempre la razón.Admitirlo y especificar por que lo lamenta. Debe ser consistente, firme y justo.Al realizar reglas, se debe asegurar que el adolescente la acepte y este de acuerdo con ella.13

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